AL CERRAR PRÁCTICAMENTE sus caladeros a los pesqueros españoles, en la primavera del 2001, Marruecos inauguraba una nueva etapa en las relaciones bilaterales. El propio Aznar sugirió entonces que el fracaso del deseado acuerdo sobre pesca entre Rabat y la UE tendría consecuencias, y el Gobierno marroquí lo interpretó como una amenaza. Pero no era una amenaza, salvo en el recorte de alguna transferencia económica, sino la constatación de una evidencia: Marruecos había renunciado a una carta de presión contra España. Durante decenios, Rabat estuvo fijando a sus caladeros un alto precio, económico y político, que Madrid abonaba por el temor a dejar sin trabajo a miles de pescadores andaluces y gallegos.
La crisis diplomática zanjada durante el reciente viaje de la ministra Ana Palacio a Agadir y Rabat ha servido, entre otras cosas, para que ambas partes, Marruecos y España, meditasen sobre las desventajas de su mutuo desentendimiento oficial y, sobre todo, para que Estados Unidos interviniera al menos en un par de ocasiones para suavizar la tensión bilateral en una zona que no debiera admitir discordias fronterizas. Rabat y Madrid saben ya que Washington, en su vigilancia global del planeta, observa atentamente las relaciones hispanomarroquíes, y más en vísperas de un ataque estadounidense, unilateral o compartido, contra Irak.
El interés de Estados Unidos, suficientemente demostrado, por enderezar las relaciones diplomáticas hispanomarroquíes va a dejar muy escaso margen a cualquier intento de desestabilizar políticamente la zona. Dicho de otra manera, la diplomacia marroquí de presión a España se habría quedado sin cartas, pues las de Ceuta y Melilla, frecuentemente mencionadas por Rabat durante la crisis, son difíciles o imposibles de jugar, ya que cualquier reivindicación marroquí sobre esas dos ciudades españolas habría de relacionarse, desde el plano internacional, nada menos que con el deseo de modificar unas fronteras nacionales.Mohamed VI necesita para la solidificación de la monarquía alauita añadir el antiguo Sáhara español a su reino, y no se sabe si en la solución de la crisis diplomática con España ha influido favorablemente un supuesto cambio de la actitud española sobre el reférendum tan largamente aplazado en el Sáhara o si, al haberse prolongado dos meses el actual status quo, habría sobreentendido Rabat una próxima solución al asunto que resulte satisfactoria a Marruecos y no humillante para España.
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