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El matemático longevo


24/nov/02 21:13
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LLEGAR A VIEJO no es fácil. Pero llegar a viejo en perfectas condiciones físicas y psíquicas es algo más complicado aún, casi un milagro. Una serie de obstáculos impiden el paso de la juventud a la vejez. Innumerables circunstancias favorables son necesarias para alcanzar casi los cien años, conservando los sentidos y el entendimiento, y manteniendo el cuerpo fuerte y ágil. Los privilegiados nonagenarios en condiciones de perfecta salud son excepcionales. Los sabios creen que la alimentación, el ejercicio, la ocupación y la herencia son causas determinantes para alcanzar muchos y buenos años. Todo esto y el azar. Ese azar que hace que nadie está libre de un accidente, una existencia en disgusto o una enfermedad grave. Hay una extensa bibliografía sobre la cuestión, pero a veces un caso aislado enseña tanto como los más voluminosos tratados.

Un día caluroso, de los que agobian, uno de esos días que uno prefiere quedarse en casa, sin mover un dedo, esperando que el bochorno pase, una obligación profesional me obligó a atravesar una calle con el asfalto hirviendo, la luz reverberada y el aire incandescente. Como si tuviera toda la prisa del mundo, rápido y ágil, pasó por mi lado un hombre con un grueso pantalón de lana gris, una gruesa chaqueta a cuadraditos, camisa y corbata. Lo conozco desde siempre, y siempre lo he visto igual. Partido por la agitada curiosidad y la dejadez tórrida, después de un corto saludo, le pregunté los años que tiene. Se me antoja que es un hombre sin edad, el genuino representante de aquellos por los que los años nunca pasan. Sonriente, sin signos de calor alguno en su rostro, me dijo que tiene 93 años. Que tiene una salud perfecta. Es un completo ignorante de enfermedades, aún no ha sobrepasado la línea fastidiosa y costosa de los medicamentos. Conserva la salud en su intacto estado de virginidad. No toma pastilla alguna, ni bisturí alguno ha rasgado sus carnes. No precisa gafas ni audífonos. Sólo la falta de piezas dentarias, que ahueca sus mejillas, delata el paso del tiempo. Pero un tiempo sin determinar.

Sentí más admiración cuando me hizo una exhibición de sus cualidades físicas. Con una rapidez inusual, flexionó su cuerpo y con las puntas de los dedos tocó el suelo. Y para demostrar sus intactas fuerzas me estrechó la mano con tal violencia que si no grito me parte algún hueso. Ya indiferente al calor, metido hasta el fondo de la curiosidad, le pregunté qué hace, además de caminar mucho, porque toda mi vida lo he visto caminando por las calles de La Laguna, y caminando con paso largo y deprisa, como si tuviera que ir a alguna parte, y la realidad es que no va a ninguna. Me contestó que además de caminar mucho, casi todo el día, lo único extraordinario que hace es dedicarle dos horas a las matemáticas. Me mostró unos papeles cuadriculados repletos de derivadas e integrales, con difíciles cálculos y complicados problemas.

Retirado de su empleo en el Ayuntamiento, tomó afición a las matemáticas. Sin estudios universitarios, ni siquiera el bachillerato, siempre tuvo una gran devoción por las matemáticas. Inclinación que ha ampliado hasta el punto de sentirse modificado en su vida por el mundo de las matemáticas, su mejor entretenimiento y su gran pasión. Tiene muchos libros sobre el conocimiento de los números. Recientemente le regalaron uno, que dice ser muy interesante, en la Facultad de Matemáticas. Se despidió con un apretón de mano, que esta vez, como no era ninguna ostentación de sus músculos, no me produjo dolor, sino que dejó en mis manos la gran lección de 93 años bien vividos.

El sol seguía en lo más alto. Por un momento me olvidé del calor que me estaba tostando el cuerpo y el alma. Seguí con la vista al longevo matemático. Iba ligero, a zancadas, sus brazos se balanceaban con alegre soltura. Su espalda recta y su cuello erguido llevaban una cabeza con la cabellera casi intacta, que transportaba una mente saturada de fórmulas matemáticas. Entonces pensé que quizá vale la pena recomendar a la gente que, además de no abusar del alcohol, no fumar, caminar mucho y vivir alegre, también es bueno estudiar matemáticas.

No sé los años que vivió Pitágoras, se dice que 85. Recuerdo que mis profesores de matemáticas vivieron mucho. Lo que no estoy seguro es de si lo que es saludable para llegar a viejo en buenas condiciones es la geometría o la trigonometría o hay que adentrarse en las matemáticas modernas. Puede que sólo sea cuestión de números, de cálculos de probabilidades. Pitágoras pensaba que el universo se apoyaba en los números y sus relaciones. Decía que los números tienen ciertas propiedades mágicas.

El último teorema de Fermat confirma que nuestro universo se sostiene gracias al propio caos que produce. Nosotros, como seres vivos, somos llevados sobre el mundo por la flecha del tiempo, desde nuestro nacimiento hacia la muerte; pero ese viaje obligatorio no es gratuito, lo pagamos a cada instante con nuestra propia energía, que entregamos al universo, quien la invierte en dinámica, para seguir creando su marcha expansiva.

Quizá el longevo matemático, con sus largos cálculos ha encontrado la fórmula de vivir muchos años. Quizá me la mostró en sus papeles cuadriculados. No la supe interpretar. Lo que está claro es que, por muchos años, no piensa regalar sus energías para que el universo siga su marcha. De momento, el que marcha es él. Por esto camina todo el día sin un destino fijo, su único destino es vivir el tiempo más largo posible.

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