La manifestación de ayer era contra la instalación de torretas de alta tensión en los parajes naturales del municipio de mayor altura de España, Vilaflor. Así lo recordó su alcalde, el socialista José Luis Fumero. Acertó al agradecer a los 100 mil participantes y, también, a los partidos políticos (incluido Coalición Canaria) su asistencia, porque participar de su ardua y larga lucha es "un acto noble" y de alguna forma supone "dar un paso atrás". Y más de un paso y de dos en esa dirección tuvieron que dar algunos miembros destacados de CC que, a título personal, pretendían participar en el evento. Los propios manifestantes los echaron. Ricardo Melchior, acompañado de gran parte de su equipo de gobierno en el Cabildo, y la alcaldesa de La Laguna, Ana Oramas, requirieron de la ayuda policial, el primero, y de los denominados "servicios del orden del PSC", la segunda, para abandonar la calzada.
Defendían su derecho a manifestarse por una alternativa al tendido aéreo ("sí es que existe", añadían algunos, entre dientes, de coletilla), pero sus expectativas se vieron frustradas porque la gente sabe que en las luchas siempre han existido bandos; ganadores y vencidos.
Las reacciones no se hicieron esperar y el más contundente fue el alcalde de Santa Cruz, Miguel Zerolo, quien se aventuró por la avenida de Anaga, pero se vio obligado a abandonarla a la altura de la calle de La Marina por los improperios. "Algunas personas querían manipular la manifestación y esto lo demuestra", fueron sus palabras dentro del corrillo, donde los dirigentes de CC eran increpados con gritos de "¡fuera, fuera!" Eran una minoría.
Los socialistas iban detrás. Sus banderas fueron las únicas de color político que ondearon ayer en Santa Cruz, si se exceptúa las de algunos independentistas. Fue, no obstante, una presencia discreta, aunque no tanto como la de los miembros del PP, que fue con cuentagotas.
Los dirigentes socialistas compartían la idea de que "CC no puede estar en el Gobierno y en la oposición", aprobando decretos para el tendido y manifestándose.
Al final, el pueblo de Tenerife, acompañado del apoyo del de otras Islas vecinas, venció y convenció con respeto hacia el derecho más preciado de la denostada democracia.
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