CUANDO HAN PASADO 27 años de cacareada democracia, con mucha libertad y hasta libertinaje, eso sí, pero con una regresión patente sobre la política social del régimen anterior, este Gobierno intenta reparar una injusticia que no será reparación para los muchos que han quedado en el camino. El ejecutivo del PP ha decidido, y no con las ideas muy claras, restituir parcialmente a los jubilados lo que se les arrebató, por la tremenda, por los gobiernos socialistas.
Como estos sindicatos, que se creen poderosos y cada vez se muestran más indefensos ante las acometidas empresariales, han puesto en práctica una política cuyo objetivo principal es ganar cada vez más y trabajar cada vez menos, presionaron a los gobiernos para que los límites de la actividad laboral se llevaran a rajatabla. Al cumplir 65 años, el trabajador, aunque fuera una lumbrera y llevara el peso de una gran empresa, tenía que marcharse a su casa a hacer crucigramas o solitarios. En unas horas pasaba de ser gran gerifalte a desocupado sin esperanzas. Toda la sapiencia que llevaba dentro no le servía para nada. A los 65 años, un profesor universitario está en el cenit de su preparación docente o investigadora. Luego hubo amnistía hasta los 70, pero durante mucho tiempo un auténtico maestro tenía que dejar las aulas o los laboratorios porque la ley era tanjante. Si seguía trabajando, podría perder la miserable cantidad que le quedaba como pensión. Para la mayoría de los trabajadores, incluido el firmante, la jubilación representaba un verdadero descalabro en sus ingresos. Y como el Gobierno socialista se encargó de suprimir los montepíos laborales y sólo dejó el régimen general de la Seguridad Social, la unificación de pensiones a la baja dejó los ingresos familiares bajo mínimos.
Desde entonces, salvo las componendas de las entidades financieras y las empresas públicas y algunas privadas para reducir masivamente las plantillas, los pensionistas corrientes tuvieron que irse privando de todos los lujos y todas las comodidades que les permitían sus primitivos ingresos y vivir con la pensión que, casi siempre, no llegaba ni a la mitad de su salario en el momento de la jubilación. Antes, durante el denostado régimen del general Franco, cuando a uno lo despedían de un trabajo, por crisis, por cierre o por lo que fuera, buscaba otro. Si la remuneración del trabajador no le daba para vivir, encontraba casi siempre otra ocupación, un apaño o lo que llamaban un enchufe, y salía adelante. Pero el Gobierno socialista inventó la Ley de Incompatibilidades. Un servidor, por ejemplo, trabajaba en dos empresas informativas y en ambas cubría el horario laboral establecido, a base, eso sí, de robar horas al sueño. No le regalaron ninguno de los dos empleos. Los ganó y los desempeñaba a pulso. La tal Ley socialista lo despojó, injustamente, de uno de ellos y redujo, correspondientemente, sus ingresos. La segunda rebaja fue la de la jubilación, pero con amenaza severa de no desempeñar otro curro, porque entonces, además de la fuerte sanción a la empresa que me admitiera, a un servidor lo dejarían sólo con opción al Albergue Municipal. Ahora dicen que los jubilados pueden trabajar. A algunos les llega tarde y nadie les va a compensar de lo que han perdido y sufrido.
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