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La VIRGEN de Candelaria se DESPIDIÓ de Santa Cruz


MERINO/GONAR, S/C de Tenerife
26/oct/02 14:09 PM
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No eran aún las 19:30 horas y las campanas de la parroquia matriz de la Capital tinerfeña comenzaban a repicar. Era el anuncio de que la Virgen salía y, también, de que el delegado episcopal, el dominico Jesús Mendoza, quería cumplir los horarios previos en el retorno de la Patrona a su Santuario, como luego dijera al término de la eucaristía. Había llegado el decimocuarto día de su permanencia en Santa Cruz y su estancia había concluido. La Virgen se hizo esperar desde que se oyeron las primeras campanadas hasta que hizo acto de presencia por la puerta lateral del templo. La estampa era única: la mismísima torre de la primera iglesia fundada en Santa Cruz parecía haberse convertido en el palio de la Patrona.
Nada más asomarse a la puerta se escucharon los primeros aplausos y "¡vivas!" en su honor... y hasta el profundo sonido de un bucio. Detrás del trono mariano, el padre Mendoza, "ángel custodio" de la Imagen durante la visita, y el obispo de la Diócesis arropado por algunos sacerdotes de los muchos que se incorporaron en el trayecto a la plaza de España. Si la ceremonia de entrada hizo historia, en la salida no se dejaron cabos sueltos, aunque se sustituyó el protocolo de bienvenida por la liturgia de la Iglesia. Todos los curas llevaban una estola en la que se podía leer bordado el lema de la visita: "María, peregrina en la fe".
Rodeada de azucenas y orquídeas, la imagen parecía ganar esplendor.
Los pocos cientos de devotos que se dieron cita en los aledaños de la plaza de La Concepción se multiplicaron hasta convertirse en más de siete mil en la plaza de España. Desde la iglesia se formaron dos comitivas: la oficial, integrada por seminaristas, religiosos y centenares de devotos que flanqueaban a la imagen, y la "tropa" de fieles que buscaba un atajo por los vericuetos de las calles del cuadrilatero para hacerse con un sitio en la plaza de España, convertida en una "catedral" al aire libre, coronada por las torres de los Caídos y del Cabildo de Tenerife.
Según avanzaba la procesión, el silencio se iba adueñando de las calles, casi por inercia. El recogimiento de la ceremonia sólo constrastó con aquellos negocios que mantuvieron sus puertas abiertas. Así, frente al altar, unos rezaban y otros comían y bebían en los bares de los alrededores.
Al llegar a la plaza, la Virgen se dirigió al escenario, mientras la comitiva religiosa aguardó su turno de entrada en el pasillo enmoquetado con alfombra roja, lo que le dio más empaque a la eucaristía.
Volvió el tópico: la Patrona recibió una acogida calurosa, de verdad, de corazón. Los miles de fieles la saludaron con una bandera de Tenerife, que llevaba grabada la imagen mariana en una cara y en el reverso, la del Santo Hermano Pedro, mientras en la otra mano sostenían como podían una vela, a modo de candela.
La solemnidad de los cantos, con una exquisita conjunción de la Coral de Santa Cruz y la Banda Municipal, parecía ser una muestra de lo que se imagina que es la paz celestial, y permitió que pasara desapercibida la entrada de Adán Martín cuando se entonaba el "Gloria".
Comienza la eucaristía. Frente al altar, dos zonas. Una reservada a autoridades y religiosos, entre los que se encontraban los alcaldes de Santa Cruz, La Laguna y Candelaria, así como el presidente del Cabildo, el vicepresidente del Gobierno y la subdelegada del Gobierno... y hasta una monja con impecable hábito blanco, con botas y calcetines que desvelaban sus próximas doce horas. Detrás, miles de fieles. Arriba, en la plaza de Candelaria, hasta una novia que, antes de entrar al Casino a celebrar su enlace matrimonial, aprovechó la "casualidad" para encomendar a la Virgen su nuevo estado civil.
En su homilía, el obispo agradeció la colaboración de todos, y se reservó para el final un sentimiento personal: "Cuando la Virgen vuelva a Santa Cruz, dentro de catorce años, ya no estaré aquí", refiriéndose a que para esa fecha habrá cumplido 77 años, y a los 75 tienen fijada la jubilación todos los prelados.
Al término de la misa, el padre Mendoza, después de agradecer con voz rajada el cariño de los santacruceros a la Patrona General de Canarias, volvió a demostrar su práctica y gritó: "¡Viva la Virgen de Candelaria!", mientras el cielo parecía llover lágrimas de "fuegos artificiales".
Concluyó la ceremonia. La Virgen ocupó su trono móvil, del que sería despojado cuando llegara a Aroba (Candelaria), y volvía a casa. Antes, dos sorpresas. En las escalinatas del teatro Guimerá, la coral de la agrupación lírico - musical Gran Tinerfe interpretó el primer "Ave María" de la noche, que más arriba, en la rambla, volvería a repetir, en versión folclórica, la agrupación San Benito, de La Laguna. Desde ahí, a Candelaria; más de 20 kilómetros de asfalto, sentimientos y emociones.