APENAS han transcurrido tres días desde la eliminación española del Mundial y ya empiezan a oírse voces discrepantes, voces revisionistas que minimizan o relativizan la influencia del desdichado trío arbitral en esta versión modernizada del desencanto. Los argumentos más frecuentes apuntan hacia la facilidad del español a escudarse en culpas ajenas para esquivar las propias; otros, los menos, al hecho de que los árbitros están para equivocarse y que para no verse salpicado por sus errores lo recomendable es manifestar una superioridad que no deje margen a la inquina de los jueces.
Dentro de poco asistiremos a la condena de este equipo, al convencimiento de que los jugadores seleccionados no eran los idóneos, incluso a la certeza de que Camacho nadó a la deriva. Sin despreciar ese gusto por el victimismo que nos ha caracterizado desde que España se olvidó del espíritu de la Reconquista, hay que subrayar la existencia de un tipo de español obsesionado con un evangelismo intransigente que considera que para ser algo en la vida debe conseguirse por vía del aplastamiento. Pero cualquiera que sepa algo de esto no me negará que casi nadie ha llegado a ningún lado sin contar de su parte con factores exógenos. Y uno se pregunta cuándo esos factores dejarán de perjudicarnos para ofrecernos un brazo tendido.
Por una vez, el seguidor del equipo español tenía razones para creer en quienes le representaban. Todo es mejorable, incluida esta selección. Pero España consiguió dos goles legales y, aunque no de manera del todo contundente, ofreció mucho más que Corea, un grupo animoso alentado por el clamor de su gente. Hasta nueva orden seguiremos pensando en el robo.
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