Tenerife Sur
LO ÚLTIMO:
Detenido en Tenerife tras disparar a su pareja con una escopeta de balines leer
EN EL AÑO DEL HERMANO PEDRO VÍCTOR RODRÍGUEZ JIMÉNEZ

Contrastes


4/jun/02 19:11 PM
Edición impresa

A MEDIDA que nuestro acercamiento al hermano Pedro es mayor, nos sobrecogen los dos extremos de su personalidad. Por una parte, su profunda humildad, que le lleva a creer, por ejemplo, que los fuertes terremotos acaecidos a su llegada a Guatemala eran un castigo divino por sus pecados. O aquella actitud suya de dejarse llevar del consejo de los seres más desvalidos para el comienzo de su obra hospitalaria ("Como soy tan tonto, no quisiera seguir mi dictamen, para no errar"). Esta humildad la mantuvo hasta los últimos momentos. Cuando en uno de aquellos largos días de postración le preguntaba el P. Lobo si no sentía vanagloria por la visita que acaba de hacerle el presidente de la Real Chancillería, contestó: "¿Vanagloria yo? Si sé que soy un miserable, y sé que no lo hace por mí, sino por Dios".

Para apreciar el contraste, si nos situamos ahora en el otro extremo de su personalidad, vemos al obispo Fray Payo de Ribera, más tarde arzobispo de Méjico y virrey de la Nueva España, que le pide frecuentemente consejo y que comentaba con asombro la profunda comprensión de Pedro acerca de algunos temas teológicos.

Lo mismo ocurre con su influjo sobre la masa ciudadana. Uno de los primeros biógrafos lo llama "maná de Guatemala" y "dueño de los bolsillos" de los ciudadanos, por el apoyo popular que recibía en todas sus empresas.

Acerca de esta fuerza interior que desplegaba sobre los demás, traemos dos ejemplos. El primero es el de Rodrigo Tovar Salinas, personaje principal llegado desde Costa Rica para incorporarse al trabajo con los convalecientes. Como tenía tan mal genio, Pedro, "que era un lince y no se le iba un ápice a su aire", tuvo que dilatar el ingreso hasta que fuera dominando sus instintos soberbios, ya de otra manera no era apto para los trabajos humildes de aquel centro.

Un día en que Rodrigo se hallaba atacado "como un demonio infernal", improperando a todos, llegó Pedro y se le echó al cuello, con el "valor de un león", mientras le decía: "Véngase conmigo, hermano, que ha de ser mi compañero hasta que muera". Luego lo llevó a otro lugar donde permaneció de rodillas abrazado a él. Ni que decir tiene que el cambio fue radical. Estos modos, según Vázquez de Herrera, "trocó al furioso en manso".

Más sobrecogedor fue el cambio operado en Rodrigo Arias Maldonado, capitán general que fue de Guatemala, como su padre, y que ahora, vacante, a sus 29 años, pasaba los días en Guatemala, disfrutando del ambiente despreocupado de la alta sociedad.

Un desgraciado suceso cambió su vida por completo. Hallándose un día con una dama de la nobleza, que había puesto en él sus ojos, ésta cayó fulminada. Nada valieron a Rodrigo las llamadas angustiosas y los zarandeos, porque no volvía en sí. Al salir despavorido, se encontró con el Hermano, que parecía estar al tanto de lo que sucedía. Entró Pedro, la tomó de la mano y la volvió a su casa. De rodillas Rodrigo había prometido hacer cuanto él dispusiera. Al poco tiempo, ya estaba pidiendo entrar en el hospital para dedicarse a los convalecientes.

No se lo permitió Pedro hasta probarlo duramente. Traeremos aquí sólo una de estas pruebas.

Los cirujanos de aquel tiempo se valían de un perro para curar con su lengua las llagas de los enfermos. En muchas ocasiones, a falta de este perro, Pedro había hecho sus veces. Uno de estos días en que acababa de hacerlo en un indio, todavía con restos visibles de podredumbre en los labios y en la barba, se introdujo en casa de un amigo y pidió una jícara de chocolate. Tomó él unos sorbos y pasó la taza a Rodrigo, quien apuró el resto heroicamente. Para Pedro fue la gran señal de que podía confiar en él la continuación de su obra.

Este fue Rodrigo Arias Maldonado, descendiente de los Duques de Alba y de la Casa de Benavente, a quien poco tiempo después llegó el nombramiento de Marqués de Talamanca, por haber reducido con mucha humanidad a las tribus indias que poblaban esta región. Le llegó, al mismo tiempo, una pensión vitalicia de 120.000 pesos, a lo que renunció para seguir las huellas de Pedro. En efecto, fue Rodrigo, con sus dotes y gobierno y su influjo en las clases altas, quien dio el gran impulso a una obra que Pedro había dejado en sus comienzos.

Este episodio de la vida de Rodrigo Arias ha sido aprovechado para la fabulación literaria guatemalteca. Esta circunstancia y el hecho de que los primeros biógrafos lo cuenten de manera impersonal, ya que todavía Rodrigo vivió hasta 1716, nos hizo pensar que, en efecto, había mucha ficción en esta mujer, a quien los poetas y novelistas llaman Elvira. Resulta que, después de su muerte, la última y más precisa de las grandes biografías, de G. della Madre di Dio, 1729, aún sin traducir del italiano, nos trae todos los pormenores de lance avalados por el propio testimonio de Rodrigo.

EN EL AÑO DEL HERMANO PEDRO VÍCTOR RODRÍGUEZ JIMÉNEZ