LA COMUNIDAD DE MADRID ha ordenado ahora a todos los funcionarios públicos, que tienen que ser amables con los ciudadanos que acudan a las diferentes dependencias de aquella Administración. Es la primera vez, creo yo, que se obliga a la gente a ser amable por decreto. Y no dudo que tengan razón los rectores de la Autonomía madrileña, porque la verdad es que no sólo allí, sino también en otras regiones, el funcionario recibe a uno a cara de perro. No es el caso, sin embargo, de la Comunidad Canaria, por lo menos en lo que a Tenerife y a la Sanidad se refiere.
Ayer estaba yo en el ambulatorio, esperando para "repetir". Había bastante gente y de pronto se abrió una puerta y oí a una enfermera que, dirigiéndose a alguien que estaba al fondo, le decía:
- Ahora pasa tú, mi niño.
Me extrañó que un pequeño viniera solo a buscar medicinas, y miré con curiosidad hacia atrás. Y no sólo no venía solo - lo acompañaba una mujer - , sino que no era un niño, sino una persona ya en la ancianidad. Le faltaba una pierna, por lo que se servía de unas muletas; era bajo y tenía una extraña gordura.
Después oí eso de "mi niño" y "mi niña" un montón de veces en lo que estuve allí. Pero eso no es sólo cosa de las funcionarias, es algo congénito con nosotros y en particular con nuestras mujeres. Nos volvemos locos por el diminutivo. Yo he ido últimamente alguna vez a una casa de comidas de Santa Úrsula y siempre me creo, sin razón por supuesto, que los platos son pequeños. Hay una joven que les sirve a ustedes y el menú se lo dice de la siguiente manera: "Tenemos un potajito, luego una cazuelita; unos calamaritos, unos garbancitos y unas papitas arrugaditas". Y después añade: "Y para beber querrán seguramente un poco de vinito".
Para los que somos de aquí y vivimos aquí, este modo de expresarse nos resulta normal, en realidad lo oímos también, más o menos en nuestras casas, pero los que vienen de fuera deben creer que los habitantes de estas Islas son muy cariñosos. Sin embargo, yo siempre he sustentado la tesis de que ello viene de atrás, de cuando apareció la Hacienda y los impuestos en las Islas, y no queríamos aparentar, sino pasar desapercibidos a efectos tributarios. Y así se decía tengo una casita, en medio de una finquita, y, sí, al cabo del año cojo unas perritas. Lo de tener un "pastón" vino después, cuando llegaron los nuevos ricos.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD