AQUELLA MAÑANA, la del domingo 31 de marzo, no amanecí yo muy bueno. Tenía una desgana total y después de darme un garbeo por las calles de mi sector urbano y de comprar el periódico, decidí volverme a casa. Parecía que lo estaba barruntando. Apenas entré en mi vivienda comenzó a llover de una manera desmesurada. El cielo se fue poniendo cada vez más negro y comenzaron los signos de esa fiesta de luz y estampidos que, como unas Fallas valencianas, se permite el cielo de vez en cuando y que aquí no veíamos desde hace mucho tiempo, desde hace innumerables años. Las nubes descargaron sobre Santa Cruz una tromba de agua, con su aparato eléctrico correspondiente, que tampoco es de mucho uso por estos lares, y más tarde se me fue la luz y el teléfono. Me quedé materialmente incomunicado. Gracias a la radio, que nos fue dando puntualmente noticias de lo que pasaba, que fue mucho, con seis víctimas mortales y un desaparecido, según el parte que iban dando.
Los que encontramos un refugio, como yo, un piso bunkerizado, solamente participamos en la tragedia que se abatió esa tarde sobre Santa Cruz, en lo que es verse totalmente aislado. No poder llamar a nadie por teléfono ni poder ver el partido del Rayo - Betis, que ponían esa tarde por el Canal Plus.
Como se ve, pecata minuta para los que sufrieron en sus propias carnes y en sus propias casas el peso de la tragedia y para los que tuvieron que pasar la noche en el refugio del Palacio de Congresos y Exposiciones. No digamos ya para los que perdieron la vida o desaparecieron arrastrados por las aguas. Nunca, que uno recuerde, ha llovido tanto en tan poco tiempo en Tenerife, y por eso hemos vivido aquí siempre confiados. Pero hoy nos damos cuenta de que hasta en los paraísos - no nos podemos considerar nosotros tampoco un paraíso - cuando la Naturaleza se desata, no hay nada que hacer, hay que rendirse a la evidencia. Evidencia que debe servir para que tengamos más cuidado con las cosas que hacemos y donde las hacemos.
En fin, aunque en mínimo grado y siempre a resguardo de la tragedia, para uno fue también una experiencia el estar sin luz, sin televisión y sin teléfono. Me he dado cuenta, de una vez por todas, qué poquita cosa somos cuando nos quitan esos juguetes que tenemos para distraernos. Parece que el mundo se nos ha acabado y que nos quedamos en nada.
Todo el mundo ha contado su pequeña historia de la "gota fría", y no me iba a quedar yo al margen. Perdonen por la poquedad.
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