Santa Cruz de Tenerife
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La febril mañana del día después en la ciudad inundada

Santa Cruz de Tenerife mostraba ayer los signos inequívocos de una situación de excepcionalidad: por doquier trabajos de reparación con la intervención del Ejército.

EL DÍA, S/C de Tenerife
2/abr/02 22:14 PM
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La Capital tinerfeña amaneció ayer conmocionada por la pérdida de seis ciudadanos, pero también con los signos externos de la tragedia todavía bien visibles en forma de daños materiales y de una constante actividad para recuperar la normalidad arrancada por el brutal aluvión que se llevó hacia el mar por calles y barrancos de una Ciudad construida en pendiente toneladas de tierra y piedra, árboles, coches, contenedores y todo aquello cuya resistencia pudo vencer.

Las calles ofrecían por la mañana el inconfundible aspecto de las inundaciones, la suciedad que provoca el barro y los restos todavía esparcidos por el suelo. Más cuanto más abajo. O cuanto más cerca de la cordillera de Anaga, por donde entran las nubes, porque barrios como María Jiménez, Valleseco (vaya ironía más cruel) y San Andrés, a varios kilómetros del núcleo urbano, sufrieron como ninguno el embate de la riada. Las piedras rodaron por calles estrechas, con pendientes imposibles, algunas con escaleras, en tal cantidad que sepultaron no ya coches, sino incluso las humildes casas terreras.

En este escenario de destrucción se desenvolvían con especial afán brigadas de todos aquellos especialistas cuya misión es devolver la normalidad al funcionamiento de los servicios sin los cuales no podemos vivir. Policías supliendo a los semáforos mudos, un constante pulular de sirenas de ambulancias y bomberos, furgones de Emmasa, Unelco y las compañías telefónicas en plena faena reparadora del suministro de agua potable, electricidad y comunicaciones, operarios retirando escombros, grúas que arrancaban coches atrapados en el fango... Y, junto a ellos, una presencia poco habitual, que sólo actúa cuando la situación es especialmente grave: el Ejército con su propia maquinaria.

Ascensores parados

Y, en medio, el ir y venir de gente apresurada, fatigada. Imagínense: con los ascensores inutilizados, ¿qué harían las personas que viven en un octavo, noveno piso, o más? ¿Y en el rascacielos? Las puertas de muchos edificios con portero automático y los garajes se veían abiertas por la falta de fluido eléctrico y dentro, la oscuridad.

Las compras de agua embotellada, pero esta vez en garrafas, se dispararon en los supermercados porque, aunque el suministro no faltó mucho tiempo, lo que salía por el grifo tenía el inevitable color amarillento - marrón que aparece siempre tras un corte prolongado.

Y los coches que circulaban: casi todos con barro en los bajos, algunos hasta media puerta; otros conservaban todavía restos vegetales enganchados a los ejes. Había más vehículos que un día normal a pesar de las llamadas de las autoridades para no contribuir al caos. Tal vez era inevitable, lo cierto es que en lugares como las Ramblas el tráfico era más que lento, apenas podía moverse y muchos conductores eran conminados por los agentes a desviarse por la dirección no deseada mientras las urgencias no encontraban hueco por donde colarse. Y, sin embargo, se notaba que los nervios no afloraban como otras veces.

El día de los móviles

Ayer también fue el día de los teléfonos móviles. Todavía sin servicio muchas líneas, era el medio más usado para comunicarse, aunque fuera al volante, nadie estaba para remilgos de código circulatorio. Llamadas para comprobar el estado de salud de la familia o los daños en la casa; si, al fin, los accesos a Santa Cruz se habían normalizado o si el colegio del niño abría. Y, cómo no, para comentar la peripecia de cada cual. Cómo vivió los momentos más comprometidos, qué fue lo que vio; también para juzgar si el desastre debía haberlo previsto alguien o si todos tenemos culpa por no dejar al agua sus salidas naturales.

Y sobrevolando este escenario toda la mañana, un helicóptero. El mismo que durante la noche anterior buscaba con su foco las situaciones más acuciantes para los servicios de emergencia, creando, con su constante zumbido que iba y venía, una atmósfera de película americana.