EL XIV CONGRESO del Partido Popular se desarrolló el fin de semana pasado en un clima triunfal y autosatisfecho, y la verdad es que no faltaban motivos a los militantes del PP para expresar su contento, puesto que era la primera ocasión en que se reunieron después de haber ganado las segundas elecciones, esta vez con holgada mayoría absoluta. En esta atmósfera de euforia, sólo empañada por el anuncio de José María Aznar de no volver a presentar su candidatura para la presidencia del partido y del Gobierno, nada tiene de extraño que la elección de los nuevos órganos directivos propuestos por Aznar se hiciera espectacularmente a la búlgara, con porcentajes favorables de más del 99 por ciento. Y mientras estas cosas ocurren en el partido del Gobierno, en la oposición parece cundir la mohína, en vista de que queda bien poca de la harina del poder que los socialistas disfrutaron tan ampliamente entre 1982 y 1996.
Nostalgia
El PSOE entró en un período de inestabilidad interna muy acusado a raíz de la marcha de Felipe González de la Secretaría General, tras perder las elecciones de 1996, por muy "dulce" que fuera aquella derrota, según palabras del propio González. El invento de las primarias no produjo más que complicaciones en el proceso de sucesión del líder, y puso de manifiesto, además, los agudos enfrentamientos existentes entre las diversas facciones del partido, llamadas piadosamente "sensibilidades", pero que se tradujeron, de hecho, en golpes bajos de mucha consideración. José Borrell, ganador de las primarias para la candidatura a La Moncloa frente a Joaquín Almunia, tiene todavía las cicatrices de aquellos meses; y Almunia, a su vez, quedó amortizado después de perder escandalosamente frente a Aznar en 2000.
La emergencia de José Luis Rodríguez Zapatero parecía que era el principio del arreglo interno en la familia socialista, tan mal avenida últimamente. Pero han bastado unos meses para que su estrategia de "oposición tranquila" haya despertado en los nostálgicos del coche oficial una indisimulada prisa por erosionar al Partido Popular como sea. Y para eso juzgan indispensable apartarse del Gobierno y su partido todo lo posible. En consecuencia, hay que destruir, o desvirtuar al menos, la estrategia de pactos de Estado iniciada por Rodríguez Zapatero con el relativo a las libertades y contra el terrorismo y continuada con el pacto sobre la Justicia. El primero ha quedado herido con la eliminación política de Nicolás Redondo Terreros; el segundo ha sufrido un duro golpe con las protestas socialistas por los nombramientos de cuatro magistrados del Supremo hechos por el Consejo General del Poder Judicial, aunque luego se haya recompuesto como se ha podido la situación.
Todo parece indicar que este giro, perfectamente perceptible, obedece a la presión de los nostálgicos del poder, con Felipe González a la cabeza. No es que González quiera volver a la Secretaría General o a La Moncloa (que a lo mejor sí que quiere), sino que quiere seguir mandando aunque sea desde la sombra; es esa práctica que los ingleses llaman el "back sit driving", la conducción desde el asiento de atrás.
Amenaza
Lo que está sucediendo en el PSOE es, obviamente, una amenaza para Rodríguez Zapatero en la medida en que limita su capacidad de decisión, la condiciona, y lo puede forzar a llevar adelante una política en la que no cree. El mar de fondo se ha dejado sentir esta semana con otro episodio que el secretario general socialista debería tener muy en cuenta no tanto por su entidad, sino por lo que significa: fuentes de su propio partido pusieron en circulación la especie según la cual Javier Solana podría ser el mejor candidato posible para la alcaldía de Madrid. Este anuncio llevaba la carga explosiva de constituir un enfrentamiento con el propio Rodríguez Zapatero, que ya había decidido que la candidata sería la secretaria de Relaciones Internacionales del partido, Trinidad Jiménez. La descalificación implícita de Jiménez se extendió hacia quien la había designado.
En el aparato central del PSOE se ha reaccionado rápidamente, y de momento el golpe parece haber sido neutralizado: el secretario de Organización, José Blanco, y el portavoz parlamentario, Jesús Caldera, anunciaron al día siguiente de la propagación del rumor que Solana haría lo que indicase el secretario general, y eso parece que es lo que ha ocurrido. Pero ahí está el desafío, que hay que poner en relación con los comentarios del propio Felipe González, en el sentido de que Rodríguez Zapatero no tendrá prisa por recuperar el poder, pero los militantes sí la tienen. Esta observación es un torpedo a la línea de flotación de su sucesor en el cargo, se mire como se mire.
Lo que explica la inestabilidad interna y el mar de fondo en la casa de los socialistas es que Rodríguez Zapatero, a diferencia de José María Aznar, no se ha aplicado con la suficiente energía a la tarea de poner orden en el partido cuanto antes, y ahora tiene al enemigo dentro, como antes lo tuvieron Almunia y, sobre todo, Borrell. La larga sombra de Felipe González se proyecta con mucha evidencia sobre todo este turbio proceso.
Posdata
La semana se ha rematado con un episodio escandaloso, no propiamente político, pero sí de trascendencia social innegable: un sacerdote de Valverde del Camino (Huelva), se proclamó homosexual en una revista destinada a esta clase de público, y el diario "El Mundo" se apresuró a recoger en sus páginas la historia, que de otra manera habría quedado en la penumbra marginal de esa publicación. La noticia, aderezada con la exhibición que el sacerdote en cuestión hace de llevar un comportamiento homosexual activo, ha causado la natural conmoción en una sociedad muy mayoritariamente católica. Y algunos portavoces del activo y agresivo grupo de presión homosexual han anunciado que, si la jerarquía eclesiástica toma "represalias" contra el sacerdote onubense, ellos revelarán la identidad de algunos obispos homosexuales. Es evidente que la credibilidad de semejantes acusaciones es nula, en el sentido de que da lo mismo que sean ciertas o falsas, porque la amenaza es de armar escándalo, y para eso es irrelevante la verdad o la mentira. Pero el episodio es revelador de hasta dónde va llegando el acoso a la Iglesia en este país.
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