Se formaban verdaderos círculos viciosos. Cuanto más prestigio más enfermos. Cuanto más enfermos más prestigio. Podía ocurrir que médicos bien preparados no trabajaran porque no entraban nunca en la circularidad de la reputación. Los médicos recibían el trato de Don. Se conocía todos los detalles de sus vidas y se valoraba cada una de sus actividades. Algunos alcanzaron gran fama, pese a ser alcohólicos importantes. Se decía que, cuando estaban borrachos, era cuando mejor y más atinados hacían sus diagnósticos. Diagnósticos basados en el llamado ojo clínico, un sentido especial que hace posible ver, oler o palpar la gravedad o benignidad de una enfermedad. En lo del ojo clínico hay algo de verdad. Junto a signos bien conocidos y descritos en los libros, hay un extraño aprendizaje que da los años, algo que rodea los ojos del enfermo, que se traduce en los músculos de la cara, en el color de la piel, en el brillo de los ojos; es un conjunto de datos que un ojo experimentado recoge y, sin descifrarlo del todo, en lenguaje escrito en la cara del paciente obtiene más información que el resto de las exploraciones. También, hay bastante de falsedad en el ojo clínico. Muchos se aprovechan de confidencias familiares y de vecinos para quedar como un gran médico. Conan Doyle, el autor de Sherlock Holmes, fue médico y aprendió de su maestro Bell el valor del método intuitivo.
Con estos antecedentes, el médico que alcanzaba buena reputación veía su consulta abarrotada de casos muy diferentes. Y entre todos los casos, algunos eran tan alejados de sus conocimientos como los asuntos más raros de la tocología o de la oftalmología, especialidades por las que nunca sintiera ni una mínima inclinación. El problema estaba en que no podía separar los enfermos en la sala de espera. Necesitaba verlos antes de orientarlos al especialista adecuado.
Era una mujer muy alta y ancha. Podía medir casi los 2 metros de alto. Era huesuda, de amplias caderas. Cabeza grande. Pelo liso, sin cuidar. Bien musculada. Robusta. Con atributos femeninos bien desarrollados. Rústica, hablaba bien, aunque el tono de su voz era muy enérgico y duro para ser mujer. Un poco ronca. Podría tener unos 30 años. La acompañaba un hombre de la misma edad, algo calvo, pero de bastante más baja estatura. Enclenque, de cara seria. No habló y llevaba una boina negra, que giraba entre sus manos sin parar. Era la mano derecha la que tiraba de la boina, y la izquierda ahuecada permitía que se estirara y girara. No levantaba la vista. Estaba muy nervioso. Parecía tener miedo de algo muy horrible, casi catastrófico. La mujer grandota, con voz profunda, dijo que, desde hacía cuatro meses, había perdido el apetito y tenía náuseas. No me atreví a preguntar. El ojo clínico, en este caso, favorecido por la mudez del acompañante, un poco por la cara ligeramente manchada sobre un fondo pálido de ella y otro poco por intuición, hizo que sospechara de algo que ocurre entre mujer y hombre y que tiene incidencia en los índices de población. Su vientre no dejaba lugar a duda. Cuando dije lo que tenía que decir, la impaciente paciente, en pleno seísmo corpóreo, elevando las manos al cielo, y no en actitud de plegaria, y clavando sus ojos bien abiertos, con un gesto guerrero, me aseguró que no era posible. Nuevas preguntas confirmaron lo que tenía que confirmarse. Una sola duda le quedaba a la indignada mujer. Pidió una simple aclaración: - Tal producto se puede obtener estando los factores de pie. Le contesté afirmativamente.© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD