MASACRE, genocidio, holocausto, exterminio, actos de guerra... con esos y otros distintos vocablos se ha intentado definir a la monstruosidad, indescriptible, del pasado martes. Una fecha negra y señera en la historia de América, de la Humanidad entera, cuyos cabales sufrimientos, crespones y lutos aún son impredecibles. Tanto como lo fue la misma hecatombe.
¿Quién podía ni barruntar la inconmensurable desgracia? Qué espanto indecible. De ninguna de las convulsiones que atormentan las vidas y la libertad de tantos seres humanos, en nuestros días, cabía sospechar una vesania criminal y destructora semejante. Inexplicable salvajismo de venganza, potenciado en la era tecnológica y sin precedentes, en su odio, desde que los neanderthales del Pleistoceno superior, extinguidos hace 25 mil años, experimentaran el sentimiento de la compasión. Tal vez.