ESCRIBIMOS de la Europa del progreso cultural, de la madurez democrática y del bienestar económico. Naturalmente. No, en absoluto, de los territorios enfangados en el terror, la intolerancia, el fanatismo, la injusticia, las desigualdades sociales, los cretinismos y las violencias de todo tipo.
¿Hasta qué punto Tenerife y nuestro Archipiélago Atlántico siguen con las rémoras de los atrasos? ¿A remolque de la pasividad rutinaria? ¿Con las mil angustias del fatalismo rancio? ¿Con lastres de signos diversos que, si bien no nos acogotan todavía en la brutalidad que se cierne por otras latitudes, sí que pueden incubar futuros estallidos de agresividad indeseable?