UN congresista norteamericano es tan famoso en su distrito como un concejal español en su barrio, pero Gary Condit ha alcanzado una súbita celebridad, es de suponer que pasajera, por un sólo motivo: su amante la becaria Chandra Levy (no confundir con Lewinsky) ha desaparecido sin dejar señas. Si estuviera escondida sí sería una señal: señal de que está viva, pero se sospecha que le han hecho desaparecer. ¿Y si se hubiese suicidado?, preguntan algunos, sin tener en cuenta que a los suicidas les cuesta mucho trabajo hacer desaparecer el cuerpo del delito. ¿Dónde está Chandra Levy? No se sabe. Lo único que se sabe es que sin becarias la vida política norteamericana sería mucho más aburrida.
No es un tipo simpático a simple vista el tal Gary Condit. Viste como los maniquíes de los grandes almacenes y exhibe un minucioso corte de pelo a navaja, rapado por el cogote, como si algún indio sioux se hubiera dejado su trabajo a medio hacer. Tiene un rostro hierático, quizá debido a las operaciones de cirugía estética. A fuerza de estirarlas, muchas caras quedan como palanganas y en ocasiones el operado no puede pestañear. Pero a Condit no se le critica por su aspecto, sino porque no suelta prenda. Empezó por la táctica, siempre recomendable, de morir negando. Después, acorralado, admitió que no era ningún santo. Una estrategia equivocada, ya que nadie le pide a los políticos que sean santos, sino que no pequen sin interrupción.
Hasta el mismo Bush se ha mostrado molesto por la imagen que está dando el congresista de los políticos de Washington. «Una mujer ha desaparecido y él no parece colaborar en las investigaciones para encontrarla», ha dicho. El que no dice nada es el congresista. ¿Y si apareciera? Habría que desagraviarlo, ya que es el primer sospechoso. Las mujeres fatales han cambiado mucho últimamente, aunque todas tienen un punto en común: no les gusta guisar. Antes querían ser Marlene Dietrich y ahora quieren ser becarias.