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TRADICIÓN Tres generaciones de la familia Martín Krijer han conservado una profesión, la orfebrería, en peligro de extinción El arte de lo pequeño El primer taller de la saga se instaló en los alrededores de la calle García Morato
SANTA CRUZ DE TENERIFE (REDACCIÓN). Desde antes de aprender a leer o a escribir, el ser humano ya se dedicaba a tallar, a pensar en pequeños dibujos y detalles que plasmar sobre la piedra, las vasijas, las tinajas o las tumbas. Elementos de culto y de enterramiento o instrumentos para comer y beber que, sin necesidad práctica alguna, sólo para la ilusión estética, han hecho perder a los hombres horas de sueño en su embellecimiento. Es por ello que la orfebrería puede considerarse como una de las profesiones más antiguas del mundo, especialmente floreciente en la Edad Media, con el auge de la construcción de la catedrales, cuando el ser humano comienza a salir de la oscuridad del Románico. Es un arte de sagas, aprendido de boca en boca en el taller de los mayores. Éste es el caso de los hermanos Martín Krijer, por cuyo martillo y cincel han pasado buena parte de los objetos artísticos que pueden contemplarse hoy en las iglesias de Santa Cruz. Abuelo y padre De abuelo y padre joyeros, el primero de los talleres de la familia se instaló en los alrededores de la capitalina calle de García Morato, donde los seis hermanos aprendieron desde niños a conocer los secretos de este oficio. Con el tiempo, el progreso y el cada vez mayor número de encargos les obligaron a mudarse a una moderna nave industrial de Geneto, ya en La Laguna, en la que guardan la maquinaria necesaria para el trabajo a pesar de que, insisten, su labor «es totalmente manual, a martillo y cincel». Coronas, baldaquinos, sagrarios y una ingente cantidad de objetos de culto religioso son la «especialidad de la casa», en los que se usa el oro, la plata, el bronce o el latón bañado en plata, «que es más económico». El buen hacer les ha hecho merecedores de integrar el catálogo, editado por el Cabildo Insular, sobre la conservación y restauración de bienes muebles en la Isla. Procesión magna En Santa Cruz, han destacado por llevar a buen fin trabajos como la restauración del Trono de las Tribulaciones, un paso de Semana Santa ubicado en la iglesia de San Francisco y que sale cada año en la procesión magna de la Capital. Precisamente, son las restauraciones oficiales que mayor trabajo dan. En el concurso público el orfebre debe aportar, además de su propio proyecto, la documentación histórica precisa de cómo era la obra de arte cuando se hizo, además de hacer cientos de fotografías a cada una de las piezas. Las especiales condiciones climáticas de las Islas, además, no hacen fácil la labor. La calidez del tiempo, según explicó uno de ellos, Lorenzo, en una conversación mantenida con EL DÍA, obliga a preparar aquí desde la brea hasta los propios instrumentos, como el martillo y el cincel. Los arreglos en el sagrario de la parroquia del Sagrado Corazón son obra suya, así como un precioso cáliz de la iglesia de las Siervas de María también llevan su firma. Pero, quizá, de lo que se sienten más orgullosos es de los trabajos que han llevado a cabo para la Virgen de Candelaria. Además de la propia candela que porta, las coronas, las jardineras del trono procesional, así como el ambón de la basílica de la Patrona de Canarias son de factura de estos orfebres, quienes se jactan de que «ha sido Ella la que nos ha abierto las puertas en el difícil oficio en que se ha convertido este arte de los pequeños detalles».
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