EL tema de la emigración merece capítulo principal en el devenir de la historia de las Islas Canarias. Triste fue la emigración a Venezuela y países de la zona, a donde se iba en una especie de patera grande y se desembarcaba sin tener a nadie esperando y sin cama donde dormir. Pero allí por lo menos hablaban un idioma con acento muy parecido al nuestro, al español de las Canarias. En cambio, si vas a Europa te tropiezas con la sequedad de espíritu, el frío y un raro idioma, y si vas de emigrante, «pasan» de ti cantidad, por considerarte inferior. Y abusan de tu carácter isleño, pacienzudo y pachorrento. Conozco jóvenes de aquí que trabajaron en la hostelería en Inglaterra (por ejemplo: en Blackpool, al norte de Manchester o en Sheerness on the Sea - mar - , al este de Londres), que al regreso requirieron tratamiento psiquiátrico, tal era la tensión a que habían sido sometidos por el «chief» de comedor. Uno de ellos servía enormes bandejas repletas de bistecs, que debía sostener con equilibrio y prestancia. Tenía pesadillas cuando dormía, pues soñaba que se le derramaban los bistecs con su salsa, encima de los emperifolllados clientes, cual si fuera un «gag» (golpe) escatológico de una película de los Monty Python.
Mas, aparte de ese tipo de emigrante por antonomasia, hay una variada gama. Desde la Reina Fabiola de Bélgica, de quien su «bohémico» hermanísimo Jaime de Mora decía que tenía una hermana emigrante que «trabaja» de emperatriz en Bruselas...; hasta los profesionales de la escritura, las ciencias, las letras o las artes, entre ellas las escénicas, sin olvidar a los cantantes de música popular que, para abrirse camino, se residencian en la metrópoli, en un mundillo farandulero de difícil acceso, lleno de espinas y sinsabores.
Hay una «gaviota en Madrid» - título de una de sus grabaciones - que es canario de nacimiento y de nombre Caco Senante. Un íntimo amigo mío - es como mi otro «yo» - se lo ha tropezado al menos dos veces en la Península. En una ocasión iba mi amigo derechito a los multicines junto a la Plaza de España de Madrid, cuando debajo mismo del edificio que en el momento de su construcción (1955) fue el edificio de hormigón más alto de Europa, ve a Caco andando algo descarriado, deshilachado y macilento, como perdido, en busca de la calle Princesa. A veinte escasos metros de él y, sin acercarse más, le gritó eufórico: «¡Caco!... ¡Canarias!»... Caco, que lo había rebasado y ya le daba la espalda, se vira, lo mira de refilón y, como toda respuesta, le hace un «así» con la mano, saludándolo y sonriéndole sin ganas.
La segunda vez fue en Barcelona. Caco iba andando por una calle lateral de la plaza de toros monumental, acompañado del Gran Wyoming (éste, por cierto, es bastante más delgado y escurrido de espaldas que lo que aparenta en la tele, con su CQC; la telegenia favorece siempre a las figuras consagradas). Mi amigo «pasó» del Gran Wyoming y, por aquello de la canariedad, se dirigió directamente al isleño emigrante. Y, al mismo tiempo que le estrechaba la mano, le dijo sin más: «¡Caco!... ¡Tenerife!», en alusión al ascenso que se había producido por aquellas fechas. Él volvió a sonreír displicente, igual que la vez de Madrid, siguió con el de CQC, y se perdió de su vista rápidamente. ¡Qué cosas! ¡No somos nadie!