Se fue Guayre y llega Carmelo. Parecen dos jugadores incomparables según sus cualidades y su zona de acción en un campo, pero son absolutamente equiparables en lo que se refiere al impacto y el calado de su figura entre la hinchada amarilla. Carmelo, de hecho, cautivó a la gente el pasado lunes con un gol de crack.
Con independencia del caso que sea, lo trascendente es que Las Palmas sigue sacando jugadores de su cantera. Pasó siempre. En las etapas de dificultad económica, todos los clubes tiran de sus filiales, pero unos encuentran oro y otros no sacan nada. No es casualidad. Allí florece la cantera de futbolistas y, por norma general, lo hace para dar frutos de calidad. Las Palmas no suele subir al primer equipo defensas, aunque ha dado al fútbol gente del nivel de Manuel Pablo. Lo que abundan en la fábrica de Barranco Seco son mediocampistas ofensivos, jugadores de gran creatividad, futbolistas de enorme valor en el mercado. Como Valerón, como Guayre, como Jorge, como Ángel...
La diferencia en la comparativa con el fútbol tinerfeño y el Tenerife radica en el trabajo, en la manera de cuidar y proyectar la cantera, en la fe y la dedicación con que se hacen las cosas. Esa es la fuerza de la filosofía amarilla. No hay misterios ni diferencias genéticas, el jugador tinerfeño nace tan capaz como cualquiera, mejor incluso que en la mayoría de canteras de España, con las caracteríticas técnicas más cultivadas, pero aquí no llegan al primer equipo porque no se hace un buen trabajo, porque no se cree en esa fórmula y, sin paciencia, no hay nada que hacer.
Lo más lamentable del caso es que la labor de cantera no es excluyente. Se puede trabajar con los chicos y seguir fichando.