Christer Strömholm sigue la línea de artistas escandinavos fascinados por España (o por la miseria de España), como el ensayista danés Johannes V. Jensen o el escritor sueco Artur Lundqvist. Sin embargo, los críticos del fotógrafo convienen en que el lugar es, para el autor, absolutamente irrelevante, ya que su cámara «no registra sitios, sino estados del ser». Esta reflexión es aplicable a la terrible y conmovedora mirada que el creador sueco vierte sobre la infancia. Para Strömholm el universo infantil se aleja de la utopía paternalista sobre la inocencia y se presenta como un reducto de soledad e incomprensión.
El niño que arrastra un bidón en la Hiroshima de 1963 es hermano de la niña que asoma su cabeza tras unos barrotes en París, y éstos a su vez emparentan con la desoladora imagen de una criatura abandonada en un arrabal de Tánger y de la cual sólo se puede ver una silueta difusa al final de la calle, por la que discurre un reguero plateado de agua hasta la alcantarilla situada en primer plano.
Strömholm es un excelente retratista. Esta faceta está presente en la muestra de Tenerife por las impresiones de Leo Zimmermann (visto en el parisino café Dome, en 1948), Man Ray, Tapiès, Giacometti, Marcel Duchamp o Antonio Saura, fotografiado en su refugio de Cuenca. Otro de los trabajos que ha merecido mayor reconocimiento es el que el autor realizó en París con un grupo de transexuales. Las fotografías tomadas durante sus sesiones nocturnas con las distintas modelos evidencian gran sensibilidad hacia el dolor del ser, atrapado en un cúmulo de malentendidos sobre su identidad. «Yo hago imágenes que no son necesariamente fotografías - declaró el autor - . Para mí lo importante es lo que dice la imagen».