UNO no puede ser un sujeto pasivo ante la vida, tiene que arriesgar un poco, o un mucho. Ortega y Gasset decía que el valor supremo de la vida - como el valor de la moneda consiste en gastarla - está en perderla en tiempo y con gracia. Yo he conocido a lo largo de los años a no pocos individuos arriesgados, a gente que lo mismo había trabajado de camarero en un bar del Barrio Latino de París que se había apuntado para la guerra de Corea; que igual había estado navegando en un submarino atómico que al final se había convertido en ecologista. En un ecologista de esos que ahora incordian tanto a los de la globalización.
Pero entre todos estos me llamó la atención sobremanera un francés que coincidió conmigo en un viaje a Alaska. Realmente era un francés - español, pues si bien había nacido en París, su padre había sido uno de tantos trabajadores como huyeron a Francia en los estertores de la guerra civil. Se llamaba Maximilien, como Robespierre, o quizá por eso mismo, y le entusiasmaba la época napoleónica. Pero más que Napoleón, le atraía un personaje que generalmente no es bastante citado por los historiadores. Me refiero a Michel Ney, del que me dejó, para que la leyera, una biografía. Hijo de un tonelero, Michel Ney llegó a mariscal de Francia, duque de Elcingen y príncipe de Moscova.La historia es apasionante. No fue siempre fiel a Napoleón y cuando éste desembarcó en Fréjus para sus «cien días de imperio», estaba al mando de las tropas que le deberían cortar el paso. Pero Ney se pasó al enemigo, es decir, a Napoleón y estuvo con él apoyándole hasta el derrumbe de las tropas imperiales en la batalla de Waterloo. La historia del mariscal Michel Ney, como generalmente ocurre en estos casos, no podía tener un «happy end». Proscrito y al fin juzgado, un tribunal lo condenó a muerte, siendo fusilado en los jardines de Luxemburgo.
Estos días he estado buscando entre mis libros leídos hace tiempo ese del mariscal Ney y no lo he encontrado por parte alguna. Era un libro en rústica y yo diría que hasta muy manoseado; seguramente comprado en las librerías de viejo de las orillas del Sena, pero que por eso mismo, por parecer haber sido muy leído, a mí me atraía. Reconozco que yo he sido muy generoso en eso de prestar libros, y no puedo negar que he sufrido las consecuencias. Ya sé que los que se quedan con libros no lo hacen con mala intención, pero nos quitan algo que debiera formar parte de nuestro bagaje cultural o simplemente existencial.
Porque, para mí, por ejemplo, aquella biografía del mariscal Ney no era sólo una historia fría, sino que al libro iba unida la circunstancia de quién me lo había regalado y en qué lugar y condiciones. En un barco norteamericano en el que nos dirigíamos a Alaska.
La vida no nos deja nunca sosiego, a no ser que uno se convierta en eremita, y nos obliga, repito, a estar cambiando y combatiendo sin tregua. Muchas veces sin quererlo, arrastrados por el destino, que nos pone en tales circunstancias.
Ya lo dijo en su día Schopenhauer: la vida no es otra cosa que una guerra, y generalmente morimos con las armas en la mano. Morimos o nos fusilan, como le sucedió al mariscal de Napoleón Michel Ney, proscrito y fusilado.