NO es que me alegre de lo que les ha pasado a las víctimas del asunto Gescartera, pero, cada vez que se descubre un fiasco de estos, no puede uno evitar el morbo por conocer la identidad de los incautos. De esas personas y entidades que se creyeron más listos que el común de los inversores y, en vez de meter su dinero donde la mayoría, aunque haya menos perspectiva de ganancia, se fueron donde les prometían duros a peseta.
Esta vez la lista no tiene desperdicio: una ex Defensora del Pueblo, la Mutua de la Policía, la Asociación de Huérfanos de la Guardia Civil y la ONG Manos Unidas. De momento, porque la madeja apenas ha empezado a desliarse. Hasta el Arzobispado de Valladolid admite que estuvo a punto de pillarse las manos con mil millones de pesetas (¡caramba con la Iglesia!), que retiró a tiempo, hace dos años, por un aviso de la Comisión Nacional del Mercado de Valores.
Parece mentira que después de los años del pelotazo, de los Mario Conde, Javier de la Rosa, Mariano Rubio, Ibercorp y los mil y un chiringuitos financieros que en este país han sido, todavía quede quien crea en pajaritos preñados. Lo que pasa es que aquí, además de haber mucho dinero negro, todavía funciona la recomendación y muy poco la sana costumbre de informarse por uno mismo. Aquello de «si Fulano, con lo importante que es, me dice que confíe mi dinero a Mengano, debe ser de persona de confianza». Así se va extendiendo entre ciertos círculos, normalmente afines ideológicamente, lo que no es más que un bluff, pero a los que están en el ajo les parece información privilegiada. Con lo que nos gusta aquí creer que sabemos más que los demás... Las víctimas de Gescartera, excepción hecha de aquellas que confiaron en intermediarios, han sido los de siempre: los que buscan atajos. Pero, ¿cómo se pueden esperar rentabilidades mínimas y seguras del 9% en estos momentos, a menos que se viva en la Luna?
Encima, muchos de los engañados no querrán reclamar porque el dinero que han perdido no estaba declarado y ahora tendrían otros problemas si saliera a relucir su nombre. Es decir, sufrirán por partida doble. Como suele decirse, y esto les sonará familiar a alguno de los afectados, en el pecado llevaban la penitencia.
Aurelio, sobrino de Liborio