DESPUÉS de ser herido de bala en el frente y hospitalizado, Francisco ya estaba de regreso el Día de la Victoria, 1º de abril de 1939. Iba andando por una calle de Las Palmas cuando se enteró del final de la guerra porque oyó voladores celebrándolo. Pero luego lo reincorporaron y tuvo que volver a la Península. Él y su grupo se perdieron y por fin encontraron su batallón de destino en Almansa (Albacete). De allí pasaron a Villafranca del Penadés y a Barcelona, donde estuvo dos años y vio varios partidos de fútbol de Primera División. La entrada al viejo Sarriá costaba una peseta y media para los soldados. Francisco recuerda de memoria la alineación del Español de Barcelona en la temporada 1940-41. Portero: Mostrell. Defensas: Pérez y Teruel. Medios: Cardús, Rovira y Limoges. Delanteros: Bosh, Gonzalvo I, Martínez Catalá, Gabriel Jorge y Prat. Gabriel Jorge es tinerfeño y todavía vive. Francisco fue a varios partidos, tanto en Sarriá como en Las Corts, antigua sede del Barça. Cuando jugó el Celta, los soldados canarios saludaron al orotavense Antonio Sánchez, que jugaba de portero con los de Vigo.
Regresó definitivamente a Tenerife, y entre los años 1942 y 43 siguió de soldado en Los Cristianos y en San Andrés, en vigilancia de la costa. El año 42 fue el de la mayor crisis, no había ni gasolina, ni gomas, el agua escaseaba. Los camellos que cargaban la fruta en las grandes fincas del Sur a veces tenían preferencia a la hora de beber, antes que los soldados... Cuestión de productividad, ya en aquellos tiempos...
Para venir al Norte iban andando desde Los Cristianos - eran cuatro casuchas y una sola calle - a Guía de Isora, donde cogían la guagua a las cuatro de la madrugada, y por Icod llegaban a La Orotava. La guagua se quedaba atascada en los caminos del Sur, sin empichar y pedregosos, al fondo de las vaguadas. El cobrador tenía que bajar para calzar la guagua con una gran piedra detrás de las ruedas, y así seguir avanzando lentamente en las subidas, sin retroceder. Una vez ¡vino andando por Las Cañadas! Uno a quien llamaban «Juan Traspone» conocía el camino porque había venido varias veces. Los caminantes norteños salieron a las siete de la tarde de Los Cristianos, tomaron una copita y una pella de gofio ya bien entrada la noche en La Escalona, siguieron por Vilaflor, Arenas Negras, Alto de Guajara, las Siete Cañadas, El Portillo de la Villa, Camino de Chasna y La Orotava, a donde llegaron a las once de la mañana del día siguiente. Y él tuvo, de propina, que caminar hasta la Cuesta de la Villa, lugar de su residencia habitual.
Antes de la guerra había aprendido a leer y escribir en clases nocturnas que impartían en el barrio. Ya adolescente trabajó en la calle del Calvario de La Orotava, en la tienda de ultramarinos de Don Pepe y en la gasolinera de Don Cipriano. Despachaba una perra (diez céntimos de peseta) de higos pasados o dátiles, y una cuartilla o medio almud de trigo. La gasolina venía medida en galones. El resto de su vida laboral lo ha pasado en una casa de comidas de su familia, cerrada recientemente. Francisco tiene, desde la última Guerra de España, un «recuerdo», una cicatriz en la pantorrilla. Se la dejó una bala, quizá una bala perdida. Todavía vive y puede contarlo.