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Editorial Leoncio Rodríguez S.A.

SÁBADO, 12 DE MAYO DE 2001


EN EL DÍA DE LA MADRE, MI MEJOR RECUERDO


EN el día de las madres, aunque no sea sino un mero subterfugio comercial para alagar el ego de los hijos proporcionándoles una excusa para acallar nuestras conciencias, que como a hijos nos permiten, con un simple regalito o presente, hacernos creer que con eso hemos cumplido con ese ser, que en realidad, lo es todo, y nos lo dio todo.

La perdí cuando solamente tenía 13 años (1 de julio de 1943). De esos trece años la pude disfrutar los primeros seis años de mi vida, 1930/1936, pues desde 1936 a 1940, fui separado junto con mis hermanos de ella hasta 1940, cuando nos trasladamos nuevamente a Santa Cruz de Tenerife.

Cuando se tiene la suerte de tener madres como la que tuve yo, por muy grandes que sean las desgracias que afecten a la familia, ellas tienen el don de que a ti, a su hijo, le parezca todo color de rosas.

En este día quisiera relatar un episodio entre los miles que una madre deja grabados en la memoria de un hijo, como diríamos hoy en forma tecnológica, en tu disco duro el programa que te guiará en el transcurso de toda tu vida. Sobre todo cuando ella sabía que no nos duraría mucho, como así fue.

Este episodio se dio un día del mes de noviembre de 1937.

Pueden ustedes, los que conocen Tacoronte, sobre todo los que lo conocieron los años treinta y cuarenta, recordar que el clima era bastante inclemente, el invierno era invierno. Yo había estado toda la tarde, después de venir de la escuelita de doña Braulia y don Gregorio, practicando uno de mis juegos favoritos, que un niño de hoy lo vería hasta ridículo. Pues consistía en hacer deslizarse por uno de los raíles del tranvía lleno de agua por la lluvia un barquito de papel, desde donde se halla hoy el restaurante de Lopito, Las Cuevas, en ese momento ahí funcionaba el Casino de Tacoronte. La pendiente hacia El Cantillo comienza ahí.

El agua de lluvia, pues no se por qué, pero siempre llovía, corría con fuerza dentro del rail y la aprovechábamos para las regatas de nuestros barquitos de papel hasta la meta que se hallaba en frente de la venta de don Francisco López Ríos. Al lado del muro del Cantillo, el «Racimo de Uvas», lo llamaban, y creo que siguen llamándolo así, porque dicen que estaba lleno de «vagos», o sea, los ciernos que no hacen nada de los pueblecitos canarios de aquella época. Ahora hacen lo mismo, pero de otra forma.

Ahora, que han pasado 64 años, permanecen intactas las sensaciones que en ese día sentí. Los olores de las bodegas de don Miguel López, con los mostos esperando sus catas a la llegada del día de San Andrés, los olores de las resinas de los eucaliptos enormes que flanqueaban la carretera, los olores de la ropa mojada y el barquito en el rail, esa serie de factores que atan al terruño.

Veo una guagua que viene frente al Casino y comienza a bajar hacia el Cantillo, y yo me hallaba sentado con los pies colgando desde la terraza de mi casa. No sé por qué no le quité los ojos y la vi acercarse y pararse frente a casa. Era una guagua «Perrera», no una de la Exclusiva. Era azul y blanca, las otras eran rojas. De ella bajó un guardia civil, todavía hoy para mí una figura imponente, con tricornio y capote largo y un fusil al hombro.

Mis ojos de niño miraban sin pestañear y en el recorrido de la mirada por la guagua, mis ojos se encontraron con los de mi madre y me quedé paralizado. Vi cómo el guardia civil le hacía señas a mi madre para que bajara y cuando ella lo hizo yo corrí hacia ella y me metí en su regazo. Siempre siento la desilusión, pues creí que venía para casa. No fue así, pero el instante que tuve mi cabeza apoyada en su vientre y piernas aún lo siento. Como yo lloré al darme cuenta que no venía a quedarse, me dijo: «No llores, Chicho, que muy pronto estaré con ustedes». Siempre ha estado.

Siguieron hacia la cárcel de La Orotava, hacia donde trasladaban desde la cárcel de mujeres de San Miguel en Santa Cruz, a aquel montón de madres de familias que habían sido apartadas de sus hijos, y aún hoy todavía no entiendo el porqué. Lo que sí sé es que ese sacrificio de las madres canarias ha sido el mayor aporte al bienestar que hoy se disfruta. Criaron una generación sin resentimientos, que soportaron el largo período hasta llegar a la transición, y ni un reclamo por los sufrimientos que tuvieron que soportar. Y a las madres canarias que enviudaron en vida por la lacra de la emigración y defendieron en el anonimato el esfuerzo de los ausentes.

A mi madre y a todas esas madres anónimas, que ya no se encuentran entre nosotros, una rosa blanca en su tumba, y a las que disfrutan aún de sus hijos, desearles el mejor de los días y una hermosa rosa roja, en señal de agradecimiento por la vida que nos dieron.

Nota: El Día de la Madre aquí, en Venezuela, es el 13/05/2001.


JULIÁN A. HERNÁNDEZ


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