PESE a estar cercana la fecha del Primero de Mayo, en que la que se presupone una cierta correspondencia de actitudes frente a las reivindicaciones laborales de siempre, que por otra parte nunca escuchan los que son capaces de llevarlas a la práctica; los sindicatos de clase, convertidos hoy en empresas subvencionadas con capital público y, por lo tanto, maleables ante los gobiernos de turno, han decidido juntarse, aunque con manifiestos distintos para demandar, no se rían los lectores, «empleo estable, seguro y con derechos». Es muy posible que la Patronal, junto con el Ejecutivo actual, habrán contenido, pero de distinta manera, la carcajada prepotente, mientras observaban sus cuentas de resultados después de efectuar alguna reducción drástica de plantillas, luego de haber realizado alguna OPA conjunta sobrepasando de forma subrepticia los límites legales establecidos para no incurrir abiertamente en el delito de monopolización. Algo tan supuestamente denostado por los actuales mandatarios del Gobierno, que se desdicen ahora con veladas amenazas a los empresarios para que «moderen» sus escandalosos beneficios, so pena de mantenerles o aumentarles las cargas contributivas. Como si no supiéramos dónde irían a repercutir tales aumentos tributarios.
La reciente reforma laboral, de claras connotaciones favorables a los empresarios, ha venido a socavar, una vez más, los cimientos de aquellos derechos laborales obtenidos durante la transición democrática y aún en la primera legislatura socialista; aunque luego, y para descrédito generalizado, fuera derivando en un entendimiento cómplice con la nueva clase empresarial surgida mediante la técnica del «pelotazo». Enumerar los escándalos más sonados nos llevaría a saturar el espacio de nombres que engrosarían la galería de misterios del capitalismo más descarnado e insolidario; olvidando que ambas partes, obreros y patronos, son complementarios para la buena marcha del crecimiento económico de un país.
Definitivamente, en este nuevo siglo plagado de incógnitas de futuro, observamos la involución que está padeciendo la clase trabajadora, carente de apoyos contundentes para no ceder un ápice los derechos adquiridos tras años de largas y duras negociaciones. Lo vemos en el devenir de cada día, contemplando la precariedad y el abuso de los contratos «basura», o el más frecuente acoso moral y sexual, mayormente contra la mujer, que aflora a cada paso que nos adentramos en la angustiosa indefensión de las personas que son acorraladas por empresarios o delegados, incapaces de disimular sus frustraciones personales. Ejemplos y actitudes que se extienden a muchos ámbitos, tanto privados como públicos, donde el amiguismo, la adulación servil y la delación calumniosa son herramientas insustituibles para el ascenso y la gestación de un nuevo déspota, que, por mimetismo, hará veniales las actitudes del antecesor en el cargo. Víctimas, pues, de nuestra propia condición humana, no alentaremos esperanzas de cambio tras el inmediato Primero de Mayo; donde los líderes predicarán en el desierto de sus propias incredulidades, como muchos miembros de la clase política, para salvaguardar o prolongar sus eventuales puestos de trabajo. Porque, en definitiva, ellos son los primeros en saber que la estabilidad laboral es la utopía que anida en la mente de todos los desesperados.