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ORTOLOGÍA CONFIRMA mis intuiciones primeras la ex alumna que me preguntó por las causas que podrían originar las distintas valoraciones que ella misma hacía de la manera de hablar de dos periodistas radiofónicos canarios, de edad y formación similares. Efectivamente, las aparentes y, a primera vista, enormes diferencias poco tenían que ver con cuestiones léxicas o sintácticas; rechazaba inconscientemente - me confiesa - la dicción del locutor que convertía en simples aspiraciones laríngeas todas las eses que aparecían en posición final de sílaba o palabra («loh perseguidoh, ocultoh trah loh árboleh, no corrieron mah *riejoh que loh otroh»), y reconocía la superior valoración que merecía el que pronunciaba esas eses finales, que no se confundían con las de los hablantes peninsulares («los perseguidos, ocultos tras los árboles, no corrieron más riesgos que los otros»). Es curioso, pero con ser la pronunciación una cuestión de apariencia insignificante y casi carente de importancia entre las que pueden observarse en el complejo armazón de cualquier lengua, resulta que su capacidad caracterizadora e identificadora de un sistema lingüístico oralizado supera la que puede tener cualquiera de los otros aspectos - los morfosintácticos y los léxicos - , por más que sean éstos los que, en última instancia, determinen la asociación del enunciado con alguna de las lenguas conocidas.Así, uno escuchará secuencias fónicas que relacionará con algún idioma, aunque seamos incapaces de descodificar, y ni siquiera discriminar, las unidades léxicas, morfológicas o sintácticas que constituyen el enunciado. Por los sonidos que envuelven al mensaje se descubre, antes de descifrarlo, el sistema lingüístico elegido para su codificación; pero, además, por esos mismos sonidos puede averiguarse el origen geográfico del emisor ( dialecto en el que se inscribe), el dominio que posee de la lengua (sociolecto al que pertenece) y el nivel de habla adoptado (el estilo o registro).No hay, pues, como puede deducirse de las afirmaciones anteriores, una única y válida pronunciación, la pronunciación puede variar por factores dialectales, sociolectales o estilísticos, y aunque hoy se rechaza la idea de proponer como norma fónica ejemplar la que se aproxima a la de determinadas modalidades dialectales del español peninsular, sí parece existir acuerdo en reconocer que la referencia debe ser la que se acerque a la que es habitual en hablantes de sociolectos altos (los de mayor cultura y competencia lingüística) en situaciones comunicativas formales. De todas estas cuestiones se ocupa una disciplina lingüística normativa, la Ortología, que es a la pronunciación lo que la Ortografía es a la escritura.Recibíamos, sin saberlo, clases de Ortología desde los primeros años de escolarización. Muchas, la mayoría de las reglas que nos enseñaron nuestros maestros, nos han sido muy útiles: instituto, no *istituto; cónyuge, no *cónyugue; neumático, no *niumático; objeto, no *ojeto; cabina, no *gabina. Otras eran, cuando menos, sorprendentes, pues, por mucho que se insistiera en el aula en que había que pronunciar con z palabras como zapato, cielo y ceniza, enseguida comprobábamos que fuera del recinto escolar, hasta el mismo maestro, el cura y el farmacéutico, que eran canarios, y otras personas respetables del pueblo pronunciaban [sapato], [sielo] y [senisa]. Había indicaciones un tanto extrañas y artificiosas, pues no se entendía, por ejemplo, cómo aprendiendo nuestra propia lengua teníamos que pronunciar sonidos completamente nuevos (con el tiempo descubrimos que en realidad no existían): «...para gravar el tabaco», dictaba la maestra, «fíjense como digo, gravar con uve, acercando el labio inferior a los dientes superiores, como la efe». Las propias dificultades que nos ofrecían estos sonidos - los extraños y los inexistentes - fueron motivos sobrados para que iniciáramos en tan tiernas edades la primera, y victoriosa, rebelión ortológica.Sin embargo, a pesar de la evidencia, todavía hay quien no reconoce que la ausencia del fonema interdental fricativo sordo, [0], que da lugar al fenómeno fónico denominado seseo, constituye una característica del español de Canarias y de todo el español meridional. En el Manual de estilo de Tve puede leerse que el seseo «sólo se considera normal en Andalucía, Canarias y América» (repárese en la - ¿preventiva? - presencia del adverbio sólo). El Libro de estilo de Telemadrid no se anda con remilgos en sus valoraciones y estima que el seseo y el yeísmo son fenómenos que «constituyen una transgresión de las normas ortológicas de la Academia y, si suenan mal, es por incuria o incumplimiento». Se ignora, según parece, que la Academia admite el seseo como un fenómeno absolutamente normal, y así se desprende de los numerosos epígrafes de la Ortografía en los que se cita (1.2.2.a, 1.2.2.b, 1.2.3.e, 2.2.b, 2.2.1, y 2.2.4.), y en el propio Diccionario, que en el artículo dedicado a la letra z dice lo siguiente: «En la mayor parte de España se pronuncia ante cualquier vocal un sonido de articulación interdental, fricativa y sorda, distinta de la que da a la s; en casi toda Andalucía, así como en Canarias, Hispanoamérica, etc., se articula como una s en que la lengua adopta posición convexa, generalmente predorsal, con salida dental o dentoalveolar del aire, y con seseo o indistinción fonológica respecto de la s. La Academia considera correctas tanto la pronunciación interdental distinguidora como la predorsal seseante».Pero no todas las aparentes peculiaridades fónicas son caracterizadoras de la modalidad dialectal ni están de acuerdo con la Ortología, aunque ésta lo fuera del español meridional, pues no cabe reconocer como rasgo de pronunciación propio de los canarios decir *cardero, en vez de caldero, *jacer por hacer, o *riejo en lugar de riesgo. También en el dialecto tiene que existir una norma ortológica que debe enseñarse en la escuela y propiciarse desde los medios de comunicación, norma que respetaría el seseo como rasgo peculiar, pero, además, como ha propuesto Ramón Trujillo, gran estudioso y conocedor de nuestras hablas, debería tender, entre otras recomendaciones, a no aspirar la - s final de sílaba o palabra (reconoce que esta regla es la más difícil de cumplir), a no debilitar el timbre de las vocales, a evitar el debilitamiento y sonorización de p, t, ch, k, a desterrar la confusión entre - r y - l y a evitar la pérdida de consonantes finales. Dice el Profesor Trujillo que con estos pocos preceptos «nuestras hablas adquirirían unidad y fijeza, por lo menos en el aspecto más notorio, que es el fónico». Yo estoy de acuerdo, por supuesto, con todas estas recomendaciones ortológicas, y disiento de quienes opinan que el * Catedrático de Lengua Española de la Universidad de La Laguna HUMBERTO HERNÁNDEZ *
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