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Editorial Leoncio Rodríguez S.A.

DOMINGO, 25 DE MARZO DE 2001


LAS RECOMENDACIONES


FLORILÁN


NO hace mucho recomendé a un amigo para ver si le podían dar un puesto de trabajo al que aspiraba en un organismo oficial. El que podía disponer de dicho puesto, es decir, al que yo me había dirigido, me contestó a los pocos días, pero me decía que antes que a mí, tenía que atender - se ve que hasta en las recomendaciones hay prioridades - a dos personas que previamente le habían solicitado un favor semejante en relación con el puesto de trabajo en disputa. Acepté la explicación, porque hay que ser consecuentes, y pasaron unas semanas tras las cuales fue adjudicado el empleo oficial, viendo, con sorpresa para mí, que el puesto había sido para el joven que yo vanamente había intentado recomendar. Telefoneé al que tenía en su poder conceder el empleo y le pregunté cómo había sido eso, cuando él se había excusado conmigo alegando que tenía dos compromisos anteriores. «Es que, me contestó, los dos que habían solicitado mi ayuda al respecto antes que tú, lo hacían en favor del mismo aspirante, si bien yo entonces no me había dado cuenta». Se ve que lo tenía todo atado y bien atado.

Puedo decir que yo no he solicitado muchos favores de este tipo en mi vida, pero cuando lo he hecho, ha sido con largueza, es decir, sin atosigar ni comprometer demasiado al que está en el vértice de la recomendación, porque uno no sabe siempre las circunstancias que concurren en el caso. El inolvidable obispo de Tenerife, don Domingo Pérez Cáceres recomendaba a tanta gente - nunca decía que no a nadie - , que alguien de la familia tuvo que decirle: «para un poco, porque un día necesitamos tocar a alguien para algunos de nosotros, y te dicen que tu cupo está ya más que terminado».

Se cuenta que entre los condenados en el infierno que pintó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, donde se veían algunos rostros conocidos, aparecía el de un chambelán de Paulo III, que al parecer no caía muy bien al pintor. El chambelán o gentil hombre de cámara se fue a visitar al Papa, al que expuso su demanda para que obligara al artista a sacarlo del averno.

- Esto va contra mi dignidad y el respeto debido a mi persona, le dijo; la gente que me vea en el infierno, desde ahora en adelante me tratará como un condenado.

- Tengo, le contestó Paulo III, potestad de Dios en el cielo y en la tierra, pero no en el infierno. Por lo tanto, lo siento, pero no puedo liberaros de allí.

La recomendación es un sistema que viene de muy antiguo y que tiene gran arraigo en la sociedad. Por lo tanto, es muy difícil luchar contra ella y es más o menos admitida por la generalidad de la gente. Algunos se rebelan contra ella y resultan un poco desorientados. Había un juez tan recto y tan enemigo de componendas, que a aquel que trataba de sobornarlo con regalos, le fallaba el pleito en contra. Un abogado se dio cuenta del asunto y cada vez que tenía que intervenir en un litigio, enviaba al juez un cabrito, un par de conejos o un saquito de papas a nombre de la parte contraria. Y, claro, así ganaba éste todos los pleitos.

La recomendación se emplea en la vida para todo, como se sabe, pero especialmente en los exámenes, en el acceso a un empleo y hasta hace poco - ahora va a desaparecer - en el cuartel. Y cuando un individuo es peligroso, se le califica concretamente con algo referido a la recomendación. «Ten cuidado con Fulano, porque no es recomendable».


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