LA Orquesta Sinfónica de Tenerife adelantó esta semana su concierto de abono al miércoles, 21 de febrero, por el comienzo de los Carnavales. El evento, que tuvo lugar en el teatro Guimerá, estuvo dirigido por el compositor y director polaco Krzysztof Penderecki. El programa incluyó su Tercera Sinfonía y el Primer Concierto para Chelo de Shostakovich junto a Lluis Claret.
Claret es un solista fino en lo técnico, aunque, a priori, carece de un carácter lo suficientemente visceral para llegar a mostrar la pluralidad de una partitura como el Concierto de Shostakovich. En el primer movimiento así lo atestiguó, pero fue entrando en calor a medida que avanzaba la obra hasta mostrar todo el lirismo contenido en el segundo movimiento, Moderato. A partir de ahí todo fue rodado, incluida la compleja Cadenza, que resolvió con soltura a pesar de la intensidad que demanda y su virtuosismo intrínseco. Penderecki entiende la obra desde una óptica carente de afectación. Ejecuta un análisis con detenimiento de las posibilidades de la partitura con el fin de mostrarlo todo. Este principio excesivamente analítico no interfirió en la naturalidad o la espontaneidad de la interpretación; muy al contrario, resultó fresca y emotiva.
La Tercera Sinfonía del propio Penderecki es una obra ambiciosa y de gran calado. Abandonadas definitivamente las veleidades postBoulez y postCage, acudió a unos recursos más tradicionales para escribir una partitura intensa y de fuerte contenido emocional. Sentimientos, que no sentimentalismos, que sirven como nexo de unión invisible entre ambas obras. Esta última, deudora en muchos sentidos del sentido estético del ruso, plantea, en última instancia, la posibilidad de síntesis entre el estilo postromántico de principios del Siglo XX y la vanguardia que tanta mella causó en su obra durante las primeras décadas. Una síntesis llevada a cabo desde la honradez de un músico que ya se ha convertido en clásico gracias a su independencia y a un insobornable carácter musical.