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LAS AUTONÓMICAS VASCAS RAMÓN PI EL anuncio de la fecha del 13 de mayo próximo para las elecciones vascas anticipadas ha significado el verdadero pistoletazo de salida de la carrera electoral, aunque falte un mes para la disolución de la Cámara autonómica. Estamos, pues, ante la campaña más larga desde la restauración de la democracia entre nosotros. Una campaña, además, que presenta perfiles bastante novedosos, porque hay bastante acuerdo entre los observadores en considerar esta cita con las urnas como la primera en la que puede ser posible, de hecho, la formación de una mayoría que permita formar un Gobierno autónomo de signo no nacionalista. Es evidente que un giro político de esta naturaleza en la Comunidad autónoma vasca sería de enorme importancia, no sólo por la bocanada de aire fresco que entraría en la vida pública de aquella tierra después de más de veinte años de monopolio del PNV, sino porque se enfrentaría de otra forma la distorsión más dramática de la política vasca de este tiempo, que es la presencia del terrorismo de ETA. El árbol y las nueces ¿Por qué se interpreta que es ahora la primera vez que cabe pensar seriamente en un cambio de signo del Gobierno autónomo vasco? Porque es ahora cuando, por primera vez, el PNV y Eusko Alkartasuna han abandonado el doble lenguaje y se han alineado con los amigos de los terroristas en el pacto de Estella, y eso puede producir una reacción importante en el electorado. El magnífico libro de Carmen Gurruchaga e Isabel San Sebastián «El árbol y las nueces» describe con contundencia arrasadora cómo la frase de Xabier Arzalluz («Unos agitan el árbol, y otros recogen las nueces») se ha traducido a la política vasca de esta forma perversa: los terroristas siembran el pánico, el dolor y la muerte mientras invocan su deseo de independencia vasca del resto de España, y los llamados nacionalistas moderados se aprovechan de esta presión para transmitir la idea de que, o se negocia esta independencia, o continuarán la sangre derramada y el sufrimiento. Esta forma de proceder estuvo siempre viva, aunque más o menos enmascarada, desde el inicio de la transición. Las autoras del libro citado narran un episodio estremecedor, cuando el propio Arzalluz habló con dirigentes de Herri Batasuna para que ellos, a su vez, se pusieran en comunicación con los terroristas; el mensaje era que no aminorasen la presión justo en el momento en que el PNV negociaba con el Gobierno el concierto económico para el País Vasco. Pero eso se ha sabido ahora, aunque se sospechase de antiguo; y ahora, además, esta conjunción siniestra ha emergido, por más que el PNV continúe abominando formalmente de los asesinatos, los secuestros y las extorsiones. Electorado fijo El ruido político y mediático producido por unas manifestaciones del obispo portavoz de la Conferencia Episcopal Española, quien dijo que la Conferencia no se adheriría al acuerdo PPPSOE por las libertades y contra el terrorismo, no obedeció tanto a un deseo de que la Iglesia española suscribiera este documento político como a la frustración ante lo que se interpretó como una negativa a condenar moralmente esta estrategia perversa del nacionalismo vasco. La convicción de que la actitud de PNV y EA es radicalmente inmoral al tratar de obtener rédito político de los asesinatos parecía reclamar de los pastores de la Iglesia una respuesta más comprometida. Respuesta que se dio, finalmente, aunque en términos muy genéricos, pero suficiente para amortiguar el ruido. No es sensato hacer juicios de intenciones nunca, y menos aún en un caso como éste, pero tal vez baste con describir algunas de las características del electorado vasco para comprender la posición de los obispos. En efecto, el voto en el País Vasco es muy fijo, entre otras cosas porque los partidos nacionalistas operan más como si fueran movimientos, religiones o sectas, que se hacen cargo de sus miembros de la cuna a la tumba. Dentro, todo esta resuelto; fuera, no hay salvación. Eso mismo ocurre tanto en el PNV como en Herri Batasuna, aunque en este último caso la cosa es aún peor, Porque una vez atrapado el votante o el militante en la telaraña de intereses y en la atmósfera de esa colectividad, su abandono requiere no sólo un esfuerzo enorme, sino una muy considerable entereza mental y moral de cada individuo, que se verá no sólo desplazado de lo que era su ambiente, sino también, y acaso sobre todo, excluido de cualesquiera otros medios en los que pretenda integrarse. El País Vasco es pequeño, se conoce todo el mundo, y el que estuvo una vez con HB sabe que va a tener muy complicado estar con otros en el futuro. Esto significa que la Iglesia en el País Vasco ha de hacer equilibrios sumamente difíciles para cumplir su obligación de hacer compatible la predicación de la doctrina y la comprensión hacia las personas. La sociedad vasca está enferma desde hace tiempo, las actitudes están enquistadas y envenenadas, y los obispos (algunos obispos, no todos, por desgracia) tienen muy presente su deber de actuar a favor de la pacificación de los espíritus, y no como instrumentos de enfrentamiento y radicalización. Situación paradójica La situación en el momento presente es, pues, paradójica: se aprecia en la sociedad vasca un movimiento de toma de conciencia de las raíces del problema, que no son otras que las derivadas de la imbricación moral entre un nacionalismo falsificador de la historia, la lengua, la cultura y la sociedad, y un terrorismo atroz que se disfraza de aspiración nacionalista bucólica y pastoril. Esta toma de conciencia es necesaria para acabar con la locura que vive el país, pero tiende, al mismo tiempo, a radicalizar las posiciones, lo que favorece la crispación y el enfrentamiento entre vascos, justo lo contrario de la pacificación de los espíritus. Pero esa deseada pacificación ha de pasar forzosamente por el fin del terrorismo. Nudo gordiano que, hoy por hoy, no se ve cómo se pueda romper, a no ser empezando por el cambio de signo en el poder autonómico. De ahí la importancia crucial de estas elecciones, cuyo resultado, pese a todo, se presenta incierto. ramon.pi*sistelcom.com
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