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SÁBADO, 13 DE ENERO DE 2001


CUANDO LOS PERIÓDICOS SE HACÍAN CON FOTOGRABADOS


FRANCISCO AYALA


EL muy querido y viejo compañero de oficio Gilberto Alemán, de quien mucho aprendí, sobre todo en mis primeros pasos en estos trotes periodísticos, y a quien puedo aplicar, de verdad, aquello que tanto repetían Luis Alvarez Cruz y Óscar Zurita, de «compañero y, sin embargo, amigo», se refiere recientemente, en sus breves crónicas, en las que desentierra antiguos recuerdos de Santa Cruz, al desaparecido Lazareto, el hospital para infecciosos que se levantaba entre lo que es hoy el Parque Marítimo «César Manrique» y la «Montaña de la Basura» o, como la llamaban los pescadores del Cabo y Gilberto lo recuerda, «Pico de la Mierda», lugar donde hoy se está creando el «Palmetum». Y hace hincapié el veterano periodista en el cementerio de aquel hospital, porque las personas que morían en el establecimiento, bien por la asoladora epidemia de gripe como por las de otras enfermedades que diezmaron la población insular, eran enterradas allí mismo, quizás porque el traslado de los cadáveres al Cementerio Municipal de San Rafael y San Roque, situado en las proximidades de lo que hoy es Mercado Nuestra Señora de Africa, podía suponer una extensión de la epidemia. Dice Gilberto Alemán que conoció el cementerio porque un día acompañó hasta aquel lugar al fotograbador del periódico. Me figuro que, aunque no cita el nombre, se trata de don Gonzalo Porcell, con quien coincidí varios años en esta Casa, justo hasta que don Gonzalo se jubiló, creo yo que bastante pasados los sesenta y cinco años que se fijan hoy para aplicar a los trabajadores esa condición. Ser entonces fotograbador era practicar una profesión difícil, compleja y de verdadero rango. La técnica del fotograbado, que vi desarrollar tanto a don Gonzalo Porcell como a su ayudante y aventajado discípulo Juan Hernández, el querido Juanito, compañero y valioso colaborador durante mucho tiempo en la confección de este diario, consistía en impregnar, primero, de productos sensibles a la luz grandes superficies de cristal, que constituían las placas en las que se fotografiaban las imágenes (fotos, pinturas o dibujos) a reproducir. En unas grandes y voluminosas cámaras, una de las cuales se conserva todavía en un hall de esta Casa se captaban los negativos, que luego se copiaban sobre unas planchas de zinc o de latón, que se sometían a engorrosos y complicados procesos con productos químicos para lograr en la plancha una reproducción en relieve del original que se quería fotograbar. Estas planchas, convenientemente cortadas para su adaptación, se colocaban en recipientes especiales, como cilindros de dos paredes, en los que se vertía el plomo para formar la «teja», que era una página de periódico de plomo en negativo, que se adaptaba a los rodillos de la rotativa para imprimir el diario. Como se comprenderá, se trataba de un trabajo delicado que precisaba de la mano experta de un artista. Y don Gonzalo Porcell, como luego Juanito Hernández, quien ya fue un especialista hasta en el sistema «offset» actual, fueron artistas consumados. Por eso, don Gonzalo era muy estimado en los círculos culturales de Santa Cruz. Se codeaba con los más notables pintores como López Ruiz, Guezala, Bonnín, Teodoro Ríos, Crosita y otros de la época; caricaturistas, fotógrafos, como Adalberto Benítez y Trino Garriga Rodas y, en general, con todo el grupo de escritores y artistas, porque don Gonzalo era considerado como tal y su opinión la estimaban muy valiosa.

Pero termino este comentario casi sin tocar la faceta de la personalidad de este pionero del fotograbado periodístico. Y creo yo que es una pena que se quede todo eso en el tintero.


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