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MIERCOLES,15 DE NOVIEMBRE DE 2000


EL DECRETO DE GUERRA A MUERTE DE SIMÓN BOLÍVAR


A finales del pasado año tuve la oportunidad de publicar en este mismo periódico un par de artículos en los que intentaba analizar el significado de la «canariedad». Decía entonces que normalmente se hablaba de ella echando mano de una serie de elementos que más o menos están en la mente de todos, pero sin llegar a definir con claridad el rasgo característico de nuestra idiosincrasia. Fue la escritura de mi novela «El mensaje» lo que me obligó a introducirme en la historia de nuestras Islas, pues a lo largo de su argumento se elabora un árbol genealógico con personajes - por supuesto producto de mi imaginación - relacionados con una serie de hitos - estos sí, reales - que jalonaron la historia de los últimos 370 años de nuestra Isla. La reciente publicación de la novela en cuestión me obligó a revisar su texto antes de imprimirla, y resulta curioso la gran cantidad de detalles que, tras una serena lectura y sin el agobio que produce el vértigo de la escritura, llamaron mi atención. Así, el comportamiento de los isleños durante el ataque de Nelson; las vicisitudes que provocó la instalación del tranvía; la construcción del muelle Sur; la actitud de nuestros vecinos de Gran Canaria tras la constitución de la Junta Suprema; etc. Además, y por eso escribo estos folios, aún sabiendo que la emigración canaria al continente americano se inició desde el momento de su descubrimiento, no sé por qué había concebido la idea de que Venezuela sólo había sido el país elegido por nuestros emigrantes en la década de los cincuenta. Quizá influyó en esa creencia la presencia en nuestro puerto a lo largo de esos años de gran cantidad de trasatlánticos - españoles, italianos y portugueses en su mayoría - que partían con posterioridad repletos de pasajeros hacia aquel destino, y también las arriesgadas aventuras que en pequeños veleros emprendieron hacia el mismo destino - en algunas ocasiones con final trágico - los que no podían costearse el pasaje en los primeros. Por ello, me sorprendió tremendamente saber que ya a principios del siglo XVIII la influencia de los canarios en Venezuela debió ser muy importante. Viene esto último a cuento porque, tras leer las aventuras - y desventuras - de Francisco de Miranda, hijo de un emigrante canario muy vinculado a Simón Bolívar, me topé con una frase de éste que me dejó, he de reconocerlo, totalmente asombrado. Bolívar realizaba entonces la que después se llamó «Campaña admirable», pues le llevó en apenas tres meses desde la frontera de Táchira hasta Caracas. Su racha de victoria hizo que publicara en junio de 1813, a su paso por Trujillo, el «Decreto de guerra a muerte» - que causó en la época una gran impresión - , y es precisamente en dicho Decreto donde figura la frase que, como antes he dicho, provocó mi asombro. Dice ésta: «Españoles y canarios, contad con la muerte aún siendo indiferentes, si no obráis en obsequio de la libertad de América», y ante su significado me sorprende que ninguno de nuestros investigadores históricos - al menos los que yo conozco - la haya analizado para saber qué movió a Bolívar a pronunciarla. ¿Por qué no dijo, simplemente, españoles? ¿Es que la influencia canaria en Venezuela en aquella época era tan notable y capaz que podía, por lo que se deduce, cambiar el sentido de la guerra? ¿No habrá sido, quizá, que Bolívar tuvo una experiencia desagradable con algún «isleño» y, sabedor de su valía y españolismo, consideró conveniente ponerlos sobre aviso por si no avalaban su cruzada? ¿O fue su amistad con Miranda - como hemos dicho hijo de un emigrante canario - , o más bien la capitulación de éste en 1812, la que le indujo a concienciar a sus conciudadanos de que la meta que se había impuesto, la total independencia del país, no se lograría sin la ayuda de los canarios?

Queda para los investigadores e historiadores la tarea desentrañar este misterio - si es que continúa siéndolo - , pero me pregunto cuál habría sido la actitud o la manera de pensar de Bolívar de haber sabido el comportamiento de los canarios pasado el tiempo. Es cierto que Venezuela acogió a nuestros antepasados con los brazos abiertos, pero no lo es menos que su tesón, laboriosidad, honradez y sacrificio lograron construir, por supuesto con los venezolanos, un gran país. Y no sólo esto: sin haber vivido la amargura de la emigración que signó a nuestros ancestros, los canarios actuales «vivimos» Venezuela como si fuera nuestra segunda patria hasta el punto de llamarla «la Octava Isla», y ahí está para refrendarlo la actitud de nuestro pueblo después de las últimas inundaciones que el país hermano sufrió. Lo ocurrido en los 187 años transcurridos desde que Bolívar redactó su «Decreto de guerra a muerte», seguro que habría hecho cambiar el sentido que el Libertador dio a la frase que glosamos. Incluso me atrevería a decir que, ante las circunstancias que Venezuela atraviesa en la actualidad, si el canario tuviese necesidad de emigrar y eligiese como meta el presidente Hugo Chávez podría estar seguro de que el país resurgiría en muy poco tiempo.


JORGE ROJAS HERNÁNDEZ

 

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