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editorial leoncio rodríguez s.a.

 

VIERNES, 29 DE SEPTIEMBRE DE 2000


EL HUMOR Y EL CARACTER


JULIO año 2000. Fiestas del Puerto de la Cruz. Gala de elección de la Reina. Manolo Vieira, humorista contratado, es acallado por los gritos de «cuatro o cinco» que desde la grada posterior no le dejaron terminar su actuación (ver mi comentario del 2-8-00, en este periódico).

Septiembre año 2000. Fiestas de Higa, La Perdoma. Manolo Vieira vuelve al Valle, y yo acudo de nuevo a «sorinarme» de la risa con su guasa y sus chistes.

El acceso al recinto de los festejos de La Perdoma, el polideportivo del C.P. Infanta Elena, es un laberinto, y más aún de noche. Ni siquiera había un letrero que lo indicase en la carretera, también, por cierto, escasa de luces. El polideportivo estaba repleto de un público expectante y atento, salvo algún niño - inevitable en un recinto abierto - y algún señor de la organización con su «walkietalkie» tan alto que no dejaba oír lo del escenario.

Todas las localidades estaban ocupadas. El polideportivo tiene unos 40x40 m. que son 1.600 m2., además de las gradas de alrededor. En total había, según me dijo quien me recogió la entrada, unas 3.500 personas. Este numeroso público se comportó muy bien, y Manolo Vieira fue obsequiado al final de su actuación con un regalo, un trofeo que fue refrendado por el aplauso generalizado.

* * *

Se puede hacer una síntesis distintiva entre las urbes mayores con más población flotante y los pueblos de áreas más aisladas. En el caso de nuestras Islas, la diferencia podría ser entre las urbes de la costa y los pueblos del interior, más alejados de la influencia del turismo con sus aportaciones positivas y negativas.

El Puerto de la Cruz es una ciudad avanzada, el turismo rico hace más de cien años que dejó aquí su impronta de fina educación a la inglesa. Aparte de los turistas, ahora hay una población nacida fuera pero residente fija en el municipio, que pasa de las cinco mil personas (20% del censo). Sin contar los oriundos de otros lugares nacidos aquí, cuyos padres vinieron de fuera y se quedaron al calor del trabajo y la fiebre del oro del primer boom turístico de los años sesenta.

En Canarias hay ubicaciones tradicionalmente contrastables. La Laguna y Santa Cruz, Hermigua y San Sebastián, Teguise y Arrecife, Los Llanos y Tazacorte en donde el fino, recóndito y socarrón humor palmero les lleva a llamarse «bagañetes» a mucha honra... Y dentro de las ciudades, hay barrios como Vegueta y La Isleta, que se distinguen inevitablemente en los substancial.

La gente que vive tierra adentro no corre el mismo riesgo que la que vive en la costa. Por tierra adentro sólo te puedes ahogar momentáneamente, en la bruma de la «panza de burro», saliendo luego a flote a golpe de guataca o con el rayito de sol que brilla entre castaños y pinos. Pero en la costa, es que te puedes ahogar verdaderamente. En la costa, agitada por nuestras mareas bravas, hay un bagaje tendente a lo inmediato, a vivir al día, a lo socialmente igualitario. La gente protestará siempre más, hasta - por poner un ejemplo - del estado del piche en las calles del barrio.

Por el contrario, tierra adentro, con sus zonas urbanas y campesinas, cerca del monte, siempre se guardan distancias eternamente serviles, aunque sólo sea de «boca pa fuera». Siempre hay que estar pendiente de reclamos clasistas y clásicos, nobiliarios, auténticos o de imitación... Y se acepta y se agradece el baldosado nuevo - ¡dicen que del más caro! - , que ha puesto el alcalde por vez primera en los caminos pedregosos de aquellos parajes.

En fin, estas dos diferencias que veo yo, que me he pasado toda mi vida a caballo (tómese en sentido metafórico, no soy nada ecuestre, cueste lo que cueste, que dirían Les Luthiers...) entre la costa y la tierra adentro, que pasé los veranos compartidos entre la playa de callao, grava, arena negra, la ola revoltosa, el bajío, los cangrejos, el musgo, la maresía y la tapa de berberechos «Cas Felipe»; pero también en las zonas altas del Valle, por los barrancos, los lagartos, las telarañas, las andoriñas, el tortoleo, el «sol de los muertos» en el ocaso, tras la torre de la iglesia con su campanario que siempre anuncia las horas de las misas, los óbitos y que abunda en los festejos religiosos y populares.


EVARISTO FUENTES

 

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