HA NACIDO OTRO ALTO CARGO
NO se trata de una estrella, como el título de aquella famosa película. Se trata de un alto cargo. El natalicio, que puede engrosar la lista de los neófitos que han visto la luz coincidiendo con la entrada de este siglo y de este milenio dudoso, es el primero de nuestro prolífico Gobierno autónomo en el 2000 y lo que temo es que no será el último. Antes ha tenido numerosísimos partos, la mayoría, de abortos talidomídicos. Ya tenemos, pues, un alto cargo más en la nómina del Gobierno de Canarias. No sé qué número hace, pero debe andar por la treintena y pico nuevo. El organismo de la Administración autonómica se llama «Dirección General de Acción Exterior y Cooperación», dependiente, me supongo, de la Viceconsejería de Relaciones Institucionales, la cual, a su vez, está encuadrada en la Consejería de Economía o Vicepresidencia, que tanto monta. Antes, Relaciones Institucionales pertenecía a la Consejería de Presidencia, pero, al hacerse cargo de este departamento, por premio a su ineptitud, don Julio Bonis, don Adán Martín, que conoce a su gente, pero no ha tenido más remedio que apencar con las «cuotas», aunque éstas las ocupen inútiles irredentos, se trajo a sus dominios la tal Viceconsejería. El cargo lo ocupa ya don Rafael Medina, hasta ahora, muy conocido en su casa. Con el nuevo añadido, sin duda, generosamente remunerado como de costumbre, don Román Rodríguez hace más larga aún la lista de sus incumplimientos. En su discurso de investidura prometió una reducción significativa de altos cargos en el Ejecutivo. Por contra, creó catorce más, según mis cuentas, y ahora, como se ve, añade uno. Don Adán, el «vice», presidió el acto de toma de posesión del señor Medina y dijo, poco más o menos, en su intervención, que ya está bien de competencias en acción exterior y que no había por qué pedir más a Madrid. No sé si como advertencia, añadió don Adán que no debe haber conflictos con el Gobierno de la nación en este terreno y sí colaboración estrecha con el Ministerio de Asuntos Exteriores. O sea, que ni don Román ni la señora alcaldesa de La Laguna pueden irse a Marruecos y por ahí estudiando por libres. Cuentan las informaciones periodísticas que don Efraín Medina se incorporó a su oficina al día siguiente del acto y que lo hizo, según declaró, «con muchas ganas de trabajar». Piensa uno que, si no trabaja ahora, que la tragedia de Venezuela reclama toda la ayuda que podamos darle desde Canarias, y cuando el viceconsejero don Francisco Aznar está agotado de la intensa faena con que se ha enfrentado allá, no sé para cuándo va a dejar el curro. O sea, que tendrá que trabajar aunque le falten las ganas. Las intenciones del señor Medina, no obstante, parecen buenas. Se ha mostrado, eso sí, algo «redicho», que dicen en mi pueblo, cuando, en su toma de posesión dijo, entre otras cosas, que «si los canarios han sido capaces de transformar realidades, ahora tenemos que ayudar a reconstruir Venezuela» y, más adelante, que la acción de su Dirección General con los canarios de fuera está orientada al «autodesarrollo asistido», pedantería que no tiene desperdicio. Luego, farruco él, habló de sus intenciones de aplicar «programas de integración social» a los canarios que quisieran regresar a esta su tierra. En ese momento del espiche, no sé si don Adán le pegó un codazo de advertencia o una patada por debajo de la mesa, porque don Adán, como se sabe, es el amo de los cuartos en esta Comunidad Autónoma. Para rematar la pieza oratoria - no sé si con papeles o sin papeles a la manera mauriciana - , se soltó esta otra parida digna del estrado, qué digo, más que del Parlamento español, del de Luxemburgo o de la misma Cámara de Representantes de los United States ésos: «La política en materia de cooperación - remachó el culto orador - se realizará bajo la integridad de opciones para evitar la dispersión de las acciones».Ante semejante revelación y el temor a la competencia desde sus mismas filas, cuentan que don José Carlos Mauricio anda, el hombre, con unos celos que no le dejan dormir. Teme perder el premio ese que le dieron en el Congreso y que no le hagan más homenajes en Las Palmas.
FRANCISCO AYALA
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