Portada

Anterior


criterios

promociones

la última

opiniones

suplementos

editorial leoncio rodríguez s.a.

 

DOÑA MARIA, EN SU SITIO


CON ocasión de la inesperada muerte de la madre del Rey, Doña María de las Mercedes de Borbón y Orleans, los medios de comunicación han puesto los focos sobre esta figura de la Realeza española hasta ahora muy poco conocida, aunque instintivamente querida por el pueblo por sus apariciones en público como una española más, y sin hacer nunca ostentación de su condición de madre de Don Juan Carlos. Madrileña de nacimiento y sevillana de corazón, no era raro verla acudir a algún restaurante con sus amigas, o bien ocupar un lugar en el palco de una plaza de toros (mientras pudo valerse por sí misma iba a barrera, y sólo cuando quedó atada a la silla de ruedas aceptó ir al palco), y no necesariamente en corridas de postín, sino como buena aficionada que era, hasta en novilladas con carteles de muchachos que la crítica decía que apuntaban maneras. Este aspecto humano de Doña María, como era llamada entre quienes la frecuentaban, era el más visible de esta mujer discreta y castiza (se proclamaba «hincha» del Betis), que durante toda su vida practicó una de las actitudes más difíciles y raras: la de estar siempre en su sitio aun en las circunstancias más adversas.

Buenos oficios

Doña María vivió siempre en un segundo plano, cuya discreción se acentuó porque su marido, Don Juan de Borbón, también quedó fuera del centro de la atención pública, al haberle destinado la vida a ser hijo de Rey y padre de Rey y, en cambio, no ceñir nunca la corona. Pero el destino de Doña María resultó decisivo por el lugar estratégico en que estuvo en el seno de la Familia Real. Puede decirse sin hipérbole que, gracias a ella, la operación de la transición política pudo consumarse felizmente en uno de los aspectos más complicados, que era el ensamblaje de la legalidad franquista y la legitimidad dinástica.

El lector me permitirá una autocita, tomada del libro «Todo un Rey», que apareció una semana antes del golpe de Estado frustrado de 1981. Estaban todavía frescas las huellas de la renuncia de Don Juan a sus derechos dinásticos, acaecida el 14 de mayo de 1977, un mes y un día antes de las primeras elecciones libres desde la República, y no era posible entonces ser más explícito. A pesar de las circunstancias, dejé entonces escritos estos párrafos: «La designación del Príncipe como sucesor de Franco en la Jefatura del Estado «a título de Rey», como decían los textos oficiales, tuvo lugar el 22 de julio de 1969. Pero desde algunos días antes Don Juan conocía el asunto. Fueron esos días, probablemente, de los más amargos en la vida del heredero de Alfonso XIII, que se vio en la obligación irrenunciable de reivindicar de nuevo su titularidad de la Casa Real, pero sin levantar por ello bandera contra su hijo». (...) «Don Juan había ordenado publicar una nota en la que se decía que se disponía a realizar un crucero por el Mediterráneo. Era una manera de decir algo así como que no estaba para nadie. Pero sí estaba para alguien. El día 23 por la tarde estaba en un bar de pescadores en un pueblecito portugués en el que se recibía con nitidez la imagen de la televisión española. Como un cliente más del establecimiento, seguía con los ojos empañados y el corazón lleno de sentimientos encontrados, la jura solemne y el discurso que a continuación pronunció su hijo. Su único comentario fue: «Muy bien leído, Juanito, muy bien leído». La humanidad desbordante del Conde de Barcelona, unida a su sentimiento patriótico y a los buenos oficios eficacísimos de Doña María, impidió una fractura de consecuencias imprevisibles».

Cadena dinástica

Don Juan Carlos, una vez Rey, y una vez encarnando tanto la legalidad como la legitimidad histórica y dinástica, no olvidó jamás esta doble fuente de su autoridad política y moral, y lo demostró fehacientemente cuando ordenó que el entierro de su padre se realizase con honores reales, y su cadáver fuera enterrado en el Panteón de Reyes del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Fue una especie de proclamación póstuma de que la cadena de la legitimidad no se había quebrado. Lo cierto es que no deja de ser una irregularidad el que el cuerpo de Don Juan de Borbón repose en ese Panteón, puesto que Don Juan nunca llegó a reinar de hecho en España. Pero es que lo ocurrido con la Dinastía y el largo paréntesis impuesto por Franco durante treinta años con un oficialmente proclamado Reino, pero sin Rey, tampoco fue muy regular, desde luego. Con aquel gesto, Don Juan Carlos quiso hacer visible que incluso la razón por la que Franco lo designó «sucesor a título de Rey» era, en el fondo y en su esencia, una razón dinástica, y quiso que la cadena no se rompiese, aunque fuera a título póstumo.

En coherencia con esto, los honores reales dispensados a Doña María en sus exequias guardan la debida proporción. Pero su cuerpo sí será depositado en el Panteón de Reyes (tras el tiempo de rigor transcurrido en el Pudridero) con pleno derecho, puesto que en ese lugar tienen sitio los cuerpos de los Reyes y las madres de éstos, no así sus esposas, cuyos restos resposan en un Panteón contiguo. Además, y lo anoto como dato para la curiosidad del lector más que por otra razón, resulta que en el Panteón de Reyes de El Escorial quedan únicamente dos sepulcros vacíos, que esperan ser ocupados por los huesos de Don Juan (hoy también en el Pudridero todavía) y de Doña María. El día que fallezca Don Juan Carlos, su cuerpo «estrenará», por decirlo así, un nuevo Panteón de Reyes, lo que no deja de simbolizar en cierto modo que él ha inaugurado, aunque sea de una forma tan peculiar, una nueva etapa en la historia de la secular Monarquía española.

Todas estas cosas pueden parecer nimias o irrelevantes, pero en mi opinión no lo son en absoluto. Una de las funciones principales de la Institución monárquica es la simbólica. La Corona es el símbolo de la unidad de España en su diversidad. El Rey personifica y simboliza una tarea común, una ilusión compartida, un destino del que todos los españoles participamos, cada cual a su manera. La Monarquía es la piedra angular que representa a todos, como se vio con entera claridad cuando, tras la muerte de Franco, la figura del exiliado político se desvaneció y dejó de tener razón de ser. Bajo la Institución de la Corona todos tenemos cabida, se ha terminado la historia de los «buenos» y los «malos» españoles. Esto es de la máxima importancia para que, bajo la Institución, puedan florecer las libertades individuales, los derechos humanos y la forma democrática y libre de organizar la convivencia.

Dice la sabiduría popular que se muere como se vivió, porque se cosecha lo que se sembró. Doña María vivió siempre sabiendo estar en su sitio. Hoy, una vez muerta, sus restos reposan donde debían hacerlo, también en su sitio.

RAMON PI

 

TENERIFE | LA LAGUNA | TENERIFE NORTE | TENERIFE SUR | LA PALMA | DE TODA CANARIAS
DE TODA ESPAÑA | ECONOMÍA | DE TODO EL MUNDO | DEPORTES | SUCESOS | CULTURA


Contacte con nosotros
© Copyright 1999, Editorial  LEONCIO RODRIGUEZ, S.A.