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EL 2000 Y... AQUI ESTAMOS


PARA muchos ha comenzado ya el siglo XXI, posiblemente el primero de enero del próximo 2001 vuelva a comenzar. Es mercantilismo puro y duro. Cosa de estos tiempos donde la cuestión es venderlo todo. Se cambia lo que haya que cambiar y nadie pone remedio. Mucha culpa la tienen los que mandan que, al fin y al cabo, son los que deberían decir algo al respecto.

Por lo menos para ponernos todos de acuerdo, pero están ocupados preparando la precampaña de la precampaña de la próxima campaña electoral de marzo. Bien mirado, a lo mejor no es malo eso de celebrar el cambio de siglo y milenio dos veces. Pero, no quiero aburrir con un asunto tan manoseado - agoreros al margen - , la vida sigue y estamos estrenando.

Cuando uno estrena un traje, un coche, unos zapatos, se promete a sí mismo tratarlos con cuidado. Lo mismo deberíamos hacer con el año recién estrenado. Lo tenemos en blanco y podemos escribir en él lo que queramos, o incluso emborronarlo. Siempre que va a comenzar un año se hacen cábalas sobre si será mejor o peor que el que termina. Pocas veces reconocemos que es a nosotros y no al destino a quienes toca hacerlo bueno o malo.

Un año que comienza es siempre una pregunta al futuro, una puerta a punto de abrirse, pero una puerta que no tiene mirilla; una carta sin abrir, un paquete de contenido desconocido, un viaje a punto de emprenderse cuyo recorrido es siempre igual y siempre distinto. Por eso nos da un poco de miedo y se multiplican los buenos deseos. Todos tenemos el deber de esperar siempre tiempos mejores. Sabemos que la vida no suele cumplirnos las esperanzas más altas. Pero como el propio dolor de la vida es un estímulo para vivir, conviene ayudarse en las propias zozobras como palanca de impulso, mirando siempre adelante, en el día a día, aceptando nuestros límites, conscientes de que la frontera - en la búsqueda de lo mejor - está lejos, pero en ella está la felicidad.

Escuchaba el otro día a una muchacha de veintisiete años que acababa de superar un cáncer. Era otra persona.

Ahora disfrutaba de las cosas. De todas: de los días y las noches; de los niños, de los mayores; de la luz, del aire, de las flores... de la vida.

Hizo que mis recurridos y tradicionales mensajes de bienaventuranza se cambiaran por el saludable impulso de vivir. A todos se lo deseo de corazón y de nosotros, de nadie más, depende. Feliz dos mil.

ALEJANDRO DE BERNARDO

 

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