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LAS LECHERAS Y EL FIELATO


ESTIMO que tampoco este domingo está la gente para meterse entre pecho y espalda un rollo de política, de economía o de malos augurios. Se me ocurre que es más ameno traer a esta columna dominical un tema nuestro, ya tratado en tres «entregas» anteriores pero con cuerda todavía.

 Me refiero a la figura entrañable de la lechera, homenajeada hace poco por el Ayuntamiento de El Rosario. Cité, en un comentario anterior, las palabras de elogio pronunciadas por el presidente del Cabildo Insular de Tenerife, don Ricardo Melchior a las lecheras en aquel acto de homenaje y yo le corregía respecto a la hora en que aquellas mujeres se levantaban cada madrugada para ordeñar el ganado, llenar los envases, cargar con todo aquel montón de cacharros y estar en La Laguna a tiempo de tomar la «jardinera» para iniciar el reparto en Santa Cruz a las ocho de la mañana. Pero olvidé que entre las dificultades que retrasaban su llegada a destino estaba el Fielato. Todavía hoy se conserva en Villa Benítez la casa donde estuvo esa oficina que cobraba tasas municipales a las mercancías que entraban en Santa Cruz. En el edificio hay un rótulo que dice «Fielato 1900». No obstante, creo recordar que el Fielato estuvo antes próximo a La Cruz del Señor, porque con anterioridad a la carretera, se accedía a la ciudad por La Cuesta de Piedra. Yo recuerdo el Fielato de Villa Benítez y la parada que allí hacía el tranvía para que las lecheras pagaran los tributos correspondientes. Las barreras aduaneras, que ya no existen ni entre los países de la Unión Europea, entonces eran frecuentes incluso entre los municipios. Para entrar en Santa Cruz había que pagar impuestos. Y las lecheras los abonaban religiosamente por la mercancía que iban a introducir y vender en la población. Como el tiempo de la parada podía prolongarse más de la cuenta dado el volumen de envases, las lecheras pagaban al fielatero según una declaración jurada de palabra, sin más comprobaciones, porque, insisto, no había tiempo. Las lecheras vestían algo parecido al traje típico que hoy vemos en las romerías, pero a lo sencillo. Iban siempre tocadas del típico sombrero de maga. Pero no de ese sombrerito minúsculo de hoy que es más bien un adorno, sino de un sombrero de maga que le encajaba en la cabeza. El sombrero era necesario para sostener el enorme cesto lleno de cazos que estabilizaban mediante el «ruedo», un paño de tela que disponían en forma de rueda y que también servía para suavizar la presión del cesto sobre el sombrero y sobre la cabeza. La lechera no faltaba nunca a la cita. Todos los días había que comprar la leche y, así y todo, hervirla varias veces hasta la mañana siguiente, porque entonces no había neveras y el blanco líquido se podía «cortar», sobre todo en días de calor. Cuando, por enfermedad o por cualquier contratiempo, la lechera no podía venir, solía encargarle a una compañera que atendiera a su «feligresa», incluso, que recogiera la comida del cochino en las casas donde se la guardaban. Las centrales lecheras terminaron con la venta de leche, puerta a puerta, por aquellas magas, esperanceras en su mayoría, que tan largo e importante papel desempeñaron en la sociedad santacrucera. Primero, muchas de estas mujeres se aprestaron al reparto de los productos de las centrales, pero luego fueron los vehículos de las mismas empresas los que llevaban la leche, en las clásicas botellas, y las dejaban a la puerta de cada casa, como vemos en las películas americanas. Las centrales pioneras fueron Iltesa y Celgan. Celgan era una cooperativa de ganaderos e Iltesa una empresa privada.Cuando conocí las industrias y sus sistemas de trabajo, no puedo olvidar la desagradable impresión que recibí al ver la auténtica basura que salía del filtrado de la leche que venía del campo. La «pasteurización», un calentamiento a los grados suficientes para matar los nocivos microorganismos y conservar los principios alimenticios de la leche, y la esterilización, garantizaban la calidad del producto y terminaban definitivamente con los añadidos y supuestos enjuagues que la gente achacaba a las lecheras, su único punto negro.

FRANCISCO AYALA

 

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